TRAMAS DE MUERTES Y RESURRECCIONES
Joaquín GARCÍA ROCA
Universidad de Valencia
Los acontecimientos del 11 de septiembre no sólo han alterado los equilibrios y complicidades, que conforman la actual situación mundial, sino que ha convulsionado los sótanos de la organización social y nada queda inmune en su interior. Al modo como explosionó el sistema soviético desde sí mismo, muchos analistas afirman que podría implosionar el actual sistema, a causa de las contradicciones globales, que se han evidenciado en la actual crisis mundial.
Los atentados a las Torres Gemelas han tenido el poder de catalizar los agujeros negros y desvelar lo oculto y lo latente. Realmente sólo se manifiestan, ya que el proceso de creación histórica emerge progresivamente, de manera germinal, desde siglos atrás.
Hay un antes y un después en los acontecimientos del 11 de septiembre. “Nada será igual”, decían unos analistas; otros, prefieren subrayar el carácter emergente de la situación para subrayar la soterrada y oculta metamorfosis de la experiencia como si se hubieran golpeado no sólo las Torres Gemelas sino los puntos neurálgicos del sistema actual.
Tal situación requiere de un nuevo mapa conceptual que recree finalidades, proponga itinerarios y muestre las fracturas, si las hubiere. El nuevo escenario mundial precisa de otros equipamientos e instrumentos para interpretarles. Cada memoria histórica debe aportar en este momento su perspectiva original para urbanizar la crisis.
La tradición cristiana ha identificado bajo la forma de dinámica pascual la trama de la vida, que ve en la muerte-resurrección la posibilidad de interpretar el sentido profundo de los acontecimientos. La dinámica pascual permite diferenciar lo que es permanencia y lo que es circunstancia, lo que es una crisis y lo que resulta un atajo. A la luz de esta dinámica pascual, algo muere y algo resucita, y entre ambos momentos queda lo que está muerto definitivamente, bien porque se resiste a renacer bien porque es caduco.
Han muerto algunas convicciones, que han conformado hasta hoy la realidad misma o al menos, dan señales de máxima debilidad. Han muerto algunos prejuicios, que se impusieron para legitimar intereses. Han muerto algunas prácticas, que encubrían la realidad. Pero también, desde las cenizas de las Torres Gemelas se entreven nuevas condiciones históricas para un nuevo proyecto político, que señala nuevos tiempos y traen oportunidades de emancipación y liberación. Son como luces en el horizonte y signos que indican la necesidad de un nuevo orden mundial y permite imaginar escenarios e itinerarios alternativos. Para algunos analistas no resucita nada “ya que en el mensaje enviado al mundo por los terroristas no hay nada que se pueda salvar” (MESSIER) Como advertía Antonio MACHADO, en 1.939, poco antes de morir, huyendo del franquismo: “En realidad, cuando meditamos sobre el pasado, para enterarnos de lo que llevaba dentro, es fácil que encontremos en él un cúmulo de esperanzas –no logradas, pero tampoco fallidas-, un futuro, en suma, objeto legítimo de profecía”.
Pero entre la muerte y la resurrección no hay un proceso mecánico ni lineal sino que existen retrocesos, inercias y no siempre se va a mejor. ¿Qué sucede cuando se cancelan los prejuicios? No siempre nace algo positivo, sino que reviven de manera compulsiva y reactiva algunos escenarios patológicos, que erosionan y destruyen lo humano. Lo que resucitará viene acompañado de aguas sucias, de efectos contraproducentes, de consecuencias indeseadas, que planean gravemente sobre la situación actual . Se trata de ver lo que nace reactivamente, lo que se afirma como una vuelta de lo reprimido.
¿Qué nace y qué muere? ¿Qué señales de vida existen en el interior de tanto desgarro? Nos falta perspectiva histórica para identificar lo germinal que tiene futuro, los signos de vida en los contextos de muerte, que pueden significar una oportunidad histórica. Nos proponemos otear la muerte y resurrección acaecida en los distintos planos de la realidad, que señalen el cambio real o previsible en el escenario social, político, cultural y religioso.
De cada uno de estos ámbitos señalaremos las convulsiones más estructurales, donde se densifican los cambios posibles o se presagian las trasformaciones a medio plazo. Entre aquello que se convulsiona, podemos identificar, en el ámbito social, lo acontecido en el modo de conformar la experiencia espacio-temporal sobre el esquema de cerca y lejos; ha nacido la interdependencia como estado de lo social. En el ámbito político, se despliega en el cuestionamiento del esquema evolutivo de la historia, que consideró el progreso como una meta alcanzable de manera mecánica; ha nacido la sensación generalizada de fragilidad; en el ámbito cultural se convulsiona la civilización de la confianza para globalizar el miedo como destino de la humanidad; ha nacido la solidaridad del interés; en el ámbito religioso, el factor dios vuelve a exigir nuevas y radicales representaciones; ha nacido la conciencia de que en nombre de Dios es posible matar.
Entre aquello que fenece están los prejuicios espaciales, que domiciliaron las grandes conquistas sociales en el exclusivo escenario local o nacional; de estas convicciones que mueren, emergen dinamismos que abren un nuevo futuro en forma de dinamismo cosmopolita que generaliza los problemas, universaliza los valores y amplia los derechos. Pero, entre el localismo y el cosmopolitismo se enquistan movimientos pro-étnicos, que intentan recrear la identidad mediante el terrorismo o los medios militares; el prejuicio territorial antes de alumbrar una realidad cosmopolita se sustancia en la “etnización” del Estado nacional.
La construcción de una comunidad mundial se ha producido mediante distintos procesos históricos. El descubrimiento de América permitió a Europa entrar en contacto con los otros, que tras un largo proceso fueron reconocidos como seres humanos. Permitió repensar la naturaleza humana en una perspectiva universal. La ruptura del mundo cristiano occidental a manos de la Reforma obligó a repensar a Dios más allá de los estrechos límites de las iglesias y recuperar de este modo su dimensión ecuménica y la emancipación del individuo.
El nacimiento del Estado moderno permitió recrear la política sobre el contrato social y la legitimidad de los Estados nacionales sobre la protección de sus miembros contra las agresiones exteriores y el control de la violencia interna. Según la celebre fórmula, el Estado tendría el monopolio de la violencia legitima.
La amenaza de la paz, que supuso la primera Guerra Mundial con 8 millones de muertos y 20 millones de heridos, hizo amanecer la ilusión de una paz perpetua. Para ello se creaba la Sociedad de Naciones y la Organización Internacional del Trabajo sostenidas por un contrato entre Estados. La paz internacional sólo es posible sobre el entendimiento entre los pueblos, sobre condiciones económicas y sociales y sobre la participación directa de la sociedad. La noción de comunidad internacional implicaba un pacto entre las partes concernidas, en el que se establecen los derechos y obligaciones de las partes y se gestiona la fuerza legítima a nivel mundial.
La carta de Naciones Unidas, que se genera en torno a la segunda guerra mundial (1.945) puede considerarse como el pacto fundador de una sociedad entre todos los estados, al menos entre los 188 miembros de la organización mundial, que no podía olvidar la omnipresencia de la guerra al instituir un gendarme mundial que sería el Consejo de seguridad, “que decidirá las medidas a tomar para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacional” (art. 39)
¿Qué significan los atentados del 11 de septiembre para la construcción de un mundo único?. ¿Será un episodio más en el largo camino hacia la interdependencia o se convertirá en metástasis de la globalización económica.? ¿Seremos capaces de engendrar las condiciones para un nuevo pacto social ?
El fín de la prepotencia nacional
Asistimos hoy al final de un ciclo histórico basado en la arrogancia de ciertos países y en la prepotencia de algunos estados, que sustituyeron el pacto por el poder. En el corazón de los atentados, se cuestiona un discurso imperial, lleno de amenazas contra otros países, que se atribuye el dominio sobre vidas y haciendas. De algún modo, se ha mostrado la debilidad de los poderosos y se ha acabado la fortaleza de algunos territorios y países, que se creían potentes por el motivo de disponer de fuerza. El país más sólido y potente muestra señales de debilidad. “América sólida, valiente y eficaz ha comenzado a dudar de sí misma y de su rechazo testarudo a comprender a los otros” (TOURAINE)
La realidad actual hace imposible las islas de afortunados y todos estamos condenados a compartir suerte ante las actuales amenazas como el terrorismo, el medio ambiente, las sequías, las relaciones Norte-Sur. La última isla, que podía presumir de su autismo, está uniéndose al mundo a causa de los últimos acontecimientos, buscando consensos que antes ignoraban, reclamando alianzas que antes despreciaban, integrándose en consejos mundiales que antes humillaban.
Se cuestiona, en consecuencia, una forma de ejercer el poder, que se desviste de localismo y de prepotencia. En la actual crisis se ha mostrado la incapacidad de los Estados nacionales para conducir los acontecimientos y la falta de legitimidad de las instituciones trasnacionales. Estas últimas carecen de los elementos carismático, que, según Max WEBER “ en los periodos de crisis, permite a un país reencontrar la identidad y la legitimidad de sus instituciones” (MOSCOVICI). La dominación se ha justificado históricamente sobre cuatro operaciones: sobre la conquista forzosa que se expresaba en las distintas formas de colonialismo, sobre el carisma que reconoce al jefe un don sobrehumano o una misión extraordinaria, sobre la tradición en forma de privilegio hereditario o sobre la legitimidad legal o racionalidad administrativa. La legitimidad del poder y de sus instituciones es una rara combinación de carisma y de fuerza, de reconocimiento e imposición, de costumbre y legalidad. En la actualidad, el poder mundial emergente ha mostrado una falta de acreditación y un déficit de legitimidad.
Los acontecimientos del 11 de septiembre han desvelado la fragilidad de las instituciones nacionales para la conducción de la globalización y la falta de legitimidad de las instituciones transnacionales emergentes; mueren las instituciones nacionales y no acaban de nacer las Instituciones trasnacionales, que se muestran incapaces para gestionar los conflictos mundiales. En un momento en el que se han internacionalizado los problemas, siguen sin nacer instituciones trasnacionales con poder suficiente para mediar en las crisis. El actual conflicto muestra la muerte prematura de los Estados nacionales y la debilidad de las instituciones mundiales. Esta contradicción, que crea un gran vacío de legitimidad, es ocupado por EE.UU.
En consecuencia, se ha debilitado la legitimidad del monopolio estatal de la violencia y el poder. Los Estados nacionales muestran su incapacidad para gestionar la violencia, que hasta ahora fue una de las funciones, que legitimaban su misma existencia. Los Estados nacionales han sido desbordados por amenazas trasnacionales, por activistas sin estado, por redes que desafían a la organización estatal y por personas y grupos que están dispuestas a perder su vida por una causa. La incapacidad de los Estados nacionales no sólo procede de sus insuficiencias externas sino de su propia constitución interna ya que el monopolio valía cuando la guerra era de Estado contra Estado, pero resulta inapropiado cuando son individuos contra Estados y mafias internacionales contra Estados nacionales.
La interdependencia
Por un momento, la humanidad ha estado en condiciones de comprender que ningún problema puede solucionarse sólo, sino que exige la ayuda y la colaboración de todos. Algo nace que muestra la conexión necesaria entre los seres humanos. Unas veces se muestra en la solidaridad mecánica contra el terrorismo mediante la congelación de activos financieros o el uso de bases aéreas extranjeras; otras veces se evidencia en la universalización de la compasión ante la barbarie del terrorismo.
Ha nacido la conciencia de pertenencia a un mundo que ahora descubre nuevos lazos inexorables. El propio Bill CLINTON en una conferencia dictada en la Universidad de Georgetown y reproducida por La Stampa de Turín, afirmaba que “lo que está en juego ahora mismo es dotar de un alma al siglo XXI, definir el espíritu del siglo XXI ...Estamos ante una batalla sobre la naturaleza de la verdad, el valor de la vida y el concepto de comunidad. Nuestra sociedad no es perfecta y debemos ser lo bastante inteligentes como para desembarazarnos de nuestro arrogante moralismo y para no pedir para nosotros las cosas que denegamos a los otros”.
La comunidad internacional vive germinalmente el nacimiento de una sociedad mundial amasada por unos valores, que pueden y deben postularse plenamente universales. ¿Se podrá alumbrar un mismo sistema de valores, plural y abierto, que tenga una proyección universal? Esta cuestión marca la dirección fundamental de lo que puede resucitar desde las cenizas de las Torres Gemelas.
Lo que nace desde las cenizas de los atentados es la convicción de que podemos valorar lo que tenemos en común; lo cual obliga a unirse a otras naciones en la labor común de ayudar a aquellos que apenas pueden ayudarse a sí mismos y tomarse con seriedad el destino de nuestro planeta. (KENNEDY, Paul)
Nace asimismo la necesidad de recrear la legitimidad de las instituciones trasnacionales. Los recientes acontecimientos traen esta oportunidad, que van abriéndose paso como brotes de invierno, en la creación de una coalición internacional contra el terrorismo en la que unos combaten, otros prestan territorio, otros ofrecen información y los que más apoyo verbal o diplomático. Un proceso de convergencia y coaliciones que ha permitido a algunos analistas confirmar la muerte de la guerra fría.
¿Será la coalición contra el terrorismo el espíritu del siglo XXI o se necesitarán nuevas finalidades para dotar de legitimidad a las instituciones trasnacionales? O será la erradicación de la pobreza, la profundización de la democracia y la universalización de los servicios básicos, especialmente la educación y la sanidad, el nuevo espíritu de la mundialización?.
Mientras tanto, asistimos al nacimiento de la ciudadanía mundial, que se despliega en una nueva conciencia planetaria; viene precedida por auténticos bramidos que se sustancian en protestas anti-globalización y promovida por los medios de comunicación. Pero sobre todo, viene anunciada por nuevos actores sociales, que crean una nueva lealtad en torno a causas trasnacionales y a un nuevo espacio público mundial. Son actores, que construyen diques ante el dominio del capital global y trabas internacionales ante los desgarros humanos y ante el descuido de la naturaleza.
Restauración del ensimismamiento
Los estentores del Estado nacional no engendrán por sí mismo el nacimiento de la mundialización sino que se reafirman viejos prejuicios. De este modo, asistimos al reforzamiento de aquella forma de Estado, que se considera titular del bien y del mal y se resiste a perder su poder, aunque para ello acuda a sus dispositivos guerreros y militares. No negocia, no pacta, no dialoga, sino que guerrea y quiere ser el portador de la justicia infinita. “Esta es la justicia infinita del nuevo siglo: la población civil muere de hambre mientras espera ser amenazada” (The Guardian, 290 septiembre)
Son muchos los analistas que observan cómo los EE.UU se están aislando de la mayor parte de los desafíos importantes de la sociedad global y que su política exterior se está paulatinamente reduciendo a ponerse en marcha con un inmenso peso militar para destruir demonios como los talibanes, para retirarse luego a sus bases aéreas y campamentos. No asistimos a un pasaje del Estado nacional al estado mundial, sino del estado al mercado; de este modo se confirma un vacío de poder, porque el poder que el Estado pierde no se traduce en un aumento del poder interestatal. Más bien se pretende solucionar todos los problemas económicos y sociales simplemente abriendo los mercado.
El proceso de ensimismamiento tiene dos varas de medir. Cuando EE.UU necesita ayuda –para cercar a terroristas, congelar activos financieros o conseguir el acceso de las tropas estadounidenses a bases aéreas extranjeras- jugamos en equipo, reconoce uno de los más brillantes analistas americanos, y cuando no nos gustan los esquemas internacionales, nos marchamos. (KENNEDY,Paul.) EL PAIS 7-3-2.002)
El terrorismo, en lugar de ser controlados por las instituciones trasnacionales, se fortalece y compite con los Estados nacionales. Se observa el nacimiento compulsivo de mafias internacionales, descentralizadas y sin territorio, sin ligaduras territoriales, sin conocer fronteras. Se multiplican los conflictos locales y sectoriales que actualmente superan los 160 con 40 millones de victimas mortales. Son guerras intranacionales, de etnias o de pueblos enfrentados ferozmente.
II.- LOS CAMINOS DE LA HISTORIA
La crisis actual ha convulsionado también la representación política, que convirtió la historia en un proceso evolutivo y lineal; del prejuicio evolutivo resucita el dinamismo de la contingencia, que abre la historia hacia caminos insospechados. Pero este prejuicio temporal antes de alumbrar una nueva representación de la fragilidad humana y de la vulnerabilidad histórica, donde están domiciliados todos los que no pueden seguir el trote de los evolutivos, se restaura en repliegues sobre sí mismo.
La humanidad se está construyendo dibujada por la geografía y modelada por la historia. Hemos visto hasta qué grado los acontecimientos del 11 de septiembre han convulsionado las convicciones geográficas, que se han construido sobre el localismo. ¿Qué historia ha quedado sacudida por la actual situación mundial y cuál otra amanece?
El final de la visión evolutiva
Se ha convulsionado la convicción temporal que interpretó la historia como un proceso mecánico ascendente en el que cada cambio es visto como una mejora y cada nueva etapa como un progreso. Quienes interpretaron el camino de la humanidad como un salto de las cuevas a los rascacielos, el atentado a las Torres Gemelas ha golpeado la convicción esencial. En el origen de aquel esquema histórico estuvo la convicción de que las formas de civilización existentes se podían clasificar de acuerdo con sus respectivos grados de evolución en la escala de la civilización. De la caza y la pesca a la agricultura y de ésta, al comercio, con sus respectivas equipamientos culturales.
En sus orígenes, este esquema sirvió para fundamentar la pretendida superioridad sobre el salvaje y el primitivo; en nuestros días está sirviendo para justificar el desprecio por el islam y por aquellas culturas, que han sido infractarias a la influencia occidental. Cuando se inventó el progreso propio, se inventó igualmente el atraso ajeno.
En el haber de la crisis actual está el desmontaje de la visión lineal del curso de la historia para emerger como historia abierta, más sometida a la contingencia. Nada está sucediendo como preveía el modelo interpretativo dominante; se han desmentido todas las profecías y cuando se esperaba la extensión de riqueza llegó la brecha de desigualdades; cuando se esperaba la culminación de un bienestar para todos asistimos por el contrario al estallido de la cólera; cuando esperábamos que todas las civilizaciones quedaran seducidas por Occidente, asistimos a la afirmación de cada una de ellas.
Desde este supuesto, se han elaborado visiones históricas falseadas como las que presentan a los americanos iluminando el mundo e incorporando a los “atrasados” en el camino hacia la modernidad. Occidente se ha construido sobre la fe en la técnica y en la racionalidad económica, el reconocimiento de los derechos individuales y el respeto a la pluralidad de creencias.
No deja de ser curioso que la interpretación de los atentados se hiciera en clave de oposición a dichos valores. “Han querido destruir, dirá el presidente BUSH, toda una civilización basada sobre la libertad, el mercado y los derechos humanos” Interpretaciones que atribuyen los atentados al odio a EE.UU por su riqueza, inventiva y libertad, y no por su política exterior. “El odio nace de un resentimiento hacia el éxito de Occidente y el fracaso musulmán” (FUKUYAMA)
La superioridad norteamericana sólo se sostiene sobre una concepción sesgada, que ve en el valor tecnológico la razón de su primacía. Por detrás de la epopeya del progreso surge la vergonzosa historia de la explotación.
En la actualidad, finaliza la prepotencia cultural que vio en una determinada civilización el camino correcto hacia el estadio superior de las civilizaciones. El optimismo del progreso ya no da más de sí.
La emergencia de la contingencia
En el marco evolucionista se podían justificar tanto las posturas legitimadoras como las críticas (FONTANA. p. 123) El esquema sirvió para legitimar la civilización burguesa bajo la teoría del fin de la historia, para justificar la superioridad y sacralizar la colonización cultural, para falsificar la historia universal. Hay intentos por reemplazarla por otra que sea capaz de articular la compleja articulación de trayectorias diversas que se enlazan, separan y entrecruzan, de bifurcaciones en que se pudo elegir entre diversos caminos posibles. Y sobre todo para acceder a la apertura imprevisible , incontrolable y contingente. La historia emerge más como una realidad pluridimensional y abierta, que como un proceso mecánico y lineal. Los atentados muestran, que la historia está a la intemperie.
Del fracaso de la visión evolucionista para explicar el estado actual y la trasformación del mundo ¿podrán nacer otras alternativas? Quienes esperaron un día ingresar en el club de la abundancia y han despertado con una resaca de deudas agobiantes ¿podrán encontrar otras alternativas?
En la crisis actual se convulsionan las visiones legitimadoras y nace también el uso crítico del esquema; resucitan las posturas críticas. Se imponen visiones más prudentes y matizadas del contraste entre el Oriente despótico y el Occidente libre.
La visión crítica propone que los problemas y los intereses son comunes e impulsa el nacimiento de una conciencia solidaria entre los pueblos. Pero quizá la novedad mayor está en el cuestionamiento del propio esquema único y lineal del progreso. Los atentados servirán para desprestigiar la visión evolutiva de la historia. No se trata sólo de cambiar los personajes manteniendo el escenario y lo sustancial del argumento sino de desmontar el propio andamiaje.
Los acontecimientos actuales han creado las condiciones para reemplazarlo por un retorno a la iniciativa histórica, que concede mayores derechos a la contingencia y a la acción individual y colectiva.
La restauración del ardor guerrero
La visión evolutiva se resiste a morir y en su lugar aparecen intentos de consolidarla con otros medios. Los más graves son el recurso al prestigio militar de la guerra para mantener la dominación de unos países sobre otros, que coloca a unos arriba y a otros abajo mediante el poder puro; en otros casos se recurre a la creación de estereotipos de las otras civilizaciones a fin de mantener la línea ascendente; e incluso la interpretación ideológica que ha visto en los atentados la reafirmación de la civilización occidental.
El ardor guerrero de los fuertes se ha impuesto en la situación actual no sólo como un fenómeno militar sino como un recurso cultural. La crisis no sólo ha servido para perfeccionar las armas y los métodos de combate, sino para restaurar una vieja hegemonía. “Los ataques americanos han conseguido trasformar su habitual miseria en una catástrofe potencial” (FRANTZ, D. New York Times, 30 septiembre).
La caricatura del islam es una invención de occidente que densifican en él todo lo que rechazan, hasta arrebatarles su propia historia y dificultar la solución de los problemas comunes. La fabricación de este enemigo exterior ayuda a ocultar las miserias externas.
De igual modo, en los acontecimientos actuales se observa un intento por reafirmar los lugares clásicos de la prepotencia. En el ataque perpetrado con éxito contra el centro del capitalismo mundial, no se ve el cuestionamiento de la civilización occidental, sino su reafirmación. “ La modernidad es un poderoso tren de mercancías que no descarrilará por los acontecimientos recientes, por muy dolorosos y sin precedentes que hayan sido”, afirma Francis FUKUYAMA (El PAIS 21 octubre 2.001) . “Seguimos estando en el fin de la historia porque sólo hay un sistema de Estado que continuará dominando la política mundial, el de Occidente liberal y democrático”
Se mantiene la convicción de que no hay un tipo de civilización alternativa viable en la que la gente quisiera vivir; más allá de la democracia y los mercados liberales no hay nada hacia lo que podemos aspirar a avanzar. “La democracia y los mercados libres seguirán expandiéndose a lo largo del tiempo como los principios dominantes de la organización en gran parte del mundo.”Hay un avance de la humanidad a lo largo de los siglos hacia la modernidad, caracterizadas por instituciones como la democracia liberal y el capitalismo, que se muestra el faro del progreso. Norteamérica ha radicalizado, de este modo, su arrogancia imperial.
En este contexto, el extranjero se ha convertido en un peligro potencial. Se ha producido un ambiente de odio contra grupos étnicos que se manifiesta bajo diversas formas: insultos y amenazas que hielen la sangre, pintadas que anuncian su suerte inmediata, incidentes con gente con aspecto de ser de Oriente Próximo, intolerancia y pasión colectiva. El exceso de miedo produce mecanismos de defensa, no es el peor lo que sucede en torno a musulmanes y árabes, de quienes una 49% de estadounidenses piden que deberían llevar una identificación especial y el 58% exige que deberían ser objeto de controles de seguridad especial.
III.- LA SOCIEDAD DE LA CONFIANZA,
La crisis actual ha convulsionado también la experiencia cultural de la confianza; ha muerto el sentido tradicional de los peligros localizados y previsibles y está generándose unos riesgos disueltos y capilares, que están vinculados a las acciones humanas. Pero el mundo vivirá con la sombra del terror y el miedo, antes de alumbrar una nueva representación de las responsabilidades personales y colectivas, que se restaurará en las patologías del miedo.
Históricamente, los seres humanos han estado expuestos a distintas catástrofes naturales, que se atribuían al azar y al destino. La naturaleza y la casualidad eran los portadores de los peligros, que adquirían de este modo un poder casi absoluto sobre la condición humana. Estas amenazas no dependían de las libertades humanas, sino que se representaban como destinos colectivos e inevitables. Los cinco jinetes de las necesidades, a saber la pobreza, el hambre, la enfermedad, la viudedad, la minusvalia o el desamparo constituían la geografía de lo social.
Las amenazas a la vida humana han sido hasta ahora los grandes productores de desconfianza así como el nexo social más tenaz y fecundo es la confianza recíproca entre hombre y mujer, entre padres e hijos, entre jefes y subordinados, entre pacientes y médicos, entre alumnos y profesores, entre prestamistas y deudores. La confianza es el factor cultural por antonomasia, el intangible cultural que concede cohesión e integración a una determinada sociedad; la confianza es junto al capital y al trabajo, el “tercer factor inmaterial” (PEYREFITTE, p. 15)
El terrorismo, que se ha escenificado el 11 de septiembre, ha cambiado el escenario y expresa la trasformación más densa de los peligros, que se multiplican exponencialmente. Se abre una nueva caja de Pandora, donde duermen los efectos incontrolados de la biogenética, la robótica, la manipulación o la guerra bacteriológica.
La trasformación de los peligros
Para significar el fin del poder de la naturaleza y del azar, algunos analistas han hablado de sociedad de riesgo. (BECK) El riesgo es inseparable de la decisión humana, que actúa sobre la naturaleza y de cambios sociales, como la industrialización y la modernización, que rompe el ecosistema humano. Las amenazas actuales están vinculadas a las decisiones humanas y son creaciones sociales. De la incapacidad ante el destino pasamos a la responsabilidad ante las decisiones.
Los atentados terroristas y los peligros, que se han generado en su entorno, manifiestan el fin de un tipo de amenaza que venía prioritariamente del destino y de la naturaleza. Las amenazas a las Torres Gemelas venía exclusivamente de la resistencia de materiales o de las catástrofes naturales. Sin embargo, ha sido una decisión humana quien ha derribado las torres, como efecto colateral de la modernización social, de la sociedad abierta, de una organización de las libertades, de la acumulación de odios, que no son fácilmente controlables, ni delimitados espacial y temporalmente. No pueden circunscribirse a una dimensión local, sino que traspasan las fronteras. Los portadores del terrorismo no están sólo en Afganistán, Irak, Somalia o Sudán; están aquí, en Occidente, en Paris, en Madrid o en Marbella; están agazapados detrás de cada esquina, detrás de cada ciudadano aparentemente decente. Los peligros pueden bombardearse con armas, pero el odio, el fanatismo o la desesperación requieren de otros medios.
Muchos intuyen que “es el final de la civilización de la seguridad y de la autocomplacencia generada en las sociedades desarrolladas occidentales de la segunda mitad del pasado siglo” (TERTSCH Y SANDOVAL) Se ha globalizado el miedo y se ha perdido aquella seguridad que se daba por supuesto, al descubrir los efectos contraproducentes que derivan de la propia tecnología.
Mueren de este modo tres consensos, que han presidido las prácticas sociales y han generado discursos ideológicos. La irrupción del terror global, vinculado a la decisión de un grupo humano, entierran las promesas de salvación del neoliberalismo y se desmoronan sus convicciones, que sólo funcionan a condición de que no surjan crisis o conflictos clamorosos y han terminado por revelarse como una peligrosa ilusión. (BECk. El PAIS 15- 11-2001)
En un mundo de riesgos globales, la consigna del neoliberalismo, que llama a reemplazar la política y el Estado por la economía, se vuelve cada vez menos convincente. La amenaza terrorista recuerda algunas verdades elementales, que el triunfo neoliberal había rechazado: una economía mundial separada de la política es una ilusoria.
La seguridad ya no es un asunto privado ni puede confiársele a la regulación por el mercado o por el Estado. Sin Estado y sin servicio público, no hay seguridad; sin justicia y distribución no hay seguridad. Los nuevos riesgos se disuelven por todo el cuerpo social y han borrado la necia imaginería maniquea del bien contra el mal. El terrorismo, como emblema de los nuevos riesgos, lleva en sus pliegues una multiplicidad de nacionalidades, no reconoce ninguna frontera ni respeta lugares.
Si los peligros podían asegurarse mediante aseguraciones privadas, la protección de las catástrofes, la prevención, la asistencia médica exige otro tipo de aseguramiento.
Las nuevas responsabilidades
Los atentados han puesto de manifiesto, que los nuevos peligros se han hecho imprevisibles e incontrolables, con efectos colaterales gravísimos, que no están unidos a la naturaleza sino a la decisión humana. En consecuencia, exigen un nuevo reparto de responsabilidades, que se despliegue como sociedad de solidaridad, de proyecto común, de apertura e intercambio, de comunicación.
El miedo, que se ha escenificado el 11 de septiembre, sitúa el horror en un contexto en el que concurren simultáneamente elementos propios de los peligros y elementos propios de los riesgos. Los peligros ya no se presentan localizados, previsibles y planificables, más bien están disueltos capilarmente por toda la superficie social. El terrorismo no tiene ni lugar ni frontera, no reside en una geografía propia: su patria es la desilusión y la desesperación.
¿Qué nace? ¿Dónde hay que buscar las soluciones alternativas ? Si los peligros vinculados a la naturaleza y al destino vacían las amenazas de toda significación política y moral, la emergencia de los riesgos remite a la responsabilidad política y moral. “Necesitamos de una concepción amplia de la política, que esté en condiciones de regular el potencial de crisis y conflictos inherentes a la economía mundial.”
Una política cada vez más des-territorializada y cosmopolita, que sea capaz de asumir el carácter transnacional de los riesgos y forjar alianzas transnacionales. Si los terroristas circulan sin fronteras, la responsabilidad tiene que trascender las fronteras y postular la invención transnacional de la política a través de alianzas, redes y complicidades en respuesta al terrorismo que se estira por todos los rincones del planeta. Si los Estados nacionales se convierten en Estados cosmopolitas, es necesario que la responsabilidad sea cosmopolita.
Una política capaz de desplegarse en actores plurales, desde el Estado hasta la sociedad civil, desde las administraciones hasta las organizaciones, desde las instituciones a las comunidades. Cuando se anunciaba la muerte del Estado, reaparece por todas partes, requerido por la demanda de sguridad. Sólo la cooperación entre todos podrán crear las estructuras que preserven las posibilidades de apertura al mundo.
Si todas las respuestas institucionales se muestran inadecuadas, e incluso pueden ser contraproducentes, hay un intento por recuperar la implicación comunitaria, que se despliega en organizaciones solidarias, movimientos sociales, apoderamiento ciudadano de las instituciones.
Pero no sólo se requieren nuevos actores, sino también la responsabilidad individual ya que los peligros, la violencia y el terrorismo también se han individualizado. Hay un momento en que se requiere la implicación de la responsabilidad personal porque es imposible protegerse e incapaz de reaccionar frente a esa nueva modalidad de la violencia. “Nosotros tenemos la seguridad de matar sin morir, ustedes sólo pueden matar si mueren, porque su única arma eficaz son ustedes mismos, su vida, su propio cuerpo.”
El terrorismo se nutre sobre un odio ancestral que sólo se puede desactivar desde el reconocimiento de la dignidad y la universalización de los derechos humanos. Esta metamorfosis de los peligros permite afirmar que “erradicar el terrorismo es más metafísico que real (SAID) Ante los peligros, puede tener razón el presidente BUSH cuando anuncia que el “gran poder de los EE.UU se hará sentir”; ante los riesgos sin embargo un posible ataque bacteriológico hace innecesario la invocación al poder. Los atentados a las Torres Gemelas han universalizado la conciencia de estar rodeados por unos riesgos, que no tienen perfil ni rostro pero que nos han domiciliado a todos en la incertidumbre y en el miedo, que hoy tiene sus sacramentales en la actividad terrorista y en la guerra biológica.
Los peligros pueden bombardearse con armas, pero el odio, el fanatismo, la desesperación o la humillación requiere de otros medios, exigen moverse tanto unos como otros.
Patología del miedo y obsesión por la seguridad
Entre lo que muere y lo que resucita no hay un proceso mecánico, sino que hay resistencias, inercias y restauraciones. Todas las disposiciones mentales, que cobijamos bajo el estandarte de la desconfianza se insinúan en todas partes. De golpe se han desactivados todos los depósitos sociales de la confianza. Los atentados han desplazado la confianza como principio rector y la desconfianza se ha impuesto en todos los lugares del mundo, hasta disputarse los corazones, los aeropuertos, los rincones de la ciudad, las bolsas mundiales.
Esta transformación de los peligros en riesgo, que se sustancia en la sociedad de la desconfianza, comporta algunos efectos indeseables y contraproducentes que se densifican en varios frentes.
Ha sido seriamente golpeada, la confianza en las instituciones encargadas de controlar los peligros y administrar las amenazas. Se consagra así una sociedad de la desconfianza, de la inseguridad y de la impotencia ante la potencialidad destructiva de los riesgos. Sucede, entonces, la deslegitimación de las instituciones. Tanto por la impotencia de afrontarlos como por los encubrimientos que se producen: negar el riesgo porque no se puede dominar. La neurotización de la vida cotidiana está servida; no sabemos si se puede acampar en un camping, no se deja jugar al niño en el jardín, no se puede salir de casa ni comer en un restaurante.
Las formas de paralizar la confianza son plurales y variadas, algunas golpean los generadores sicológicos, otros los culturales e incluso hay algunos que se revisten de religiosidad. Estos generadores de desconfianza se despliegan en mecanismos sutiles, que se han visibilizado en forma de miedo e inseguridad en las actuales circunstancias mundiales.
El miedo genera la incertidumbre acerca del futuro e incluso con respecto a los objetivos esenciales. Esta incertidumbre planea hoy sobre la situación actual y hace dudar incluso de los objetivos militares en el actual conflicto mundial, que necesita disimularse como “sacrificio” y una “larga guerra distinta de todas las demás”.
Vivimos bajo el síndrome de que todo puede empeorar, de que todavía no hemos conocido lo peor. La entrada en la era de la incertidumbre, la existencia aguda del miedo y la persistencia de riesgos socaba las raíces mismas de la confianza. Cuando se dice que “a mí me da más miedo lo que pueda ocurrir que lo que ha ocurrido”, se significa la orientación misma de las expectativas con respecto al futuro. El miedo, que sirvió en las sociedades tradicionales como providencia para prolongar la supervivencia, organizarse en comunidad e incluso crear alianzas para combatirles, hoy es la sombra inevitable de la derrota ya que asfixia los potenciales, que activan el ánimo y la confianza.
En lugar de recuperar las funciones protectoras y redistribuidoras de los Estados, la crisis ha recuperado prácticas patológicas, que llevan a los países a cerrar fronteras, a defenderse del exterior y a concentrarse en sí mismos. El horizonte actual puede ser la tribalización de la sociedad, el fanatismo contra la libertad, las restricciones en derechos y libertades e incluso los “asesinatos extrajudiciales” para los cuales ha sido deputada la propia CIA. Cuatro de cada cinco norteamericanos aprueban las medidas anticonstitucionales para combatir el terrorismo: tribunales militares y abolición de jurados, cuestionamiento de la presunción de culpabilidad o premio al que denuncia.
Empieza a crearse Estados-fortalezas para conseguir seguridad. Ante la universalización de los riesgos y la fragilidad de los territorios se produce una vuelta al territorio, como cobijo y autodefensa. El vacío creado por la confianza ha quedado sustituido por la obsesión por la seguridad. Los atentados de Nueva York han desplazado a la retaguardia informativa las tragedias escondidas como la hambruna de Centroamérica, la pobreza en América Latina, el abandono de Africa, las torturas del Caucaso, la actualidad de Pinochet; todo ha sido desplazado al desván de la memoria colectiva, para focalizarse exclusivamente en la preocupación por la seguridad. (FUERNTES, Carlos)
El miedo se utiliza para borrar la política en la conciencia de la gente, ya de por sí suficientemente despolitizada. En tiempo de miedo, se puede aumentar los presupuestos militares, sin discusión, se puede reducir los gastos sociales sin consulta, se puede aceptar los estrago chechenios con el silencio general, se puede aumentar el poder de la policía sin la sorpresa general, se puede otorgar poderes extraordinarios al presidente como una condición de la seguridad.
El miedo asfixia definitivamente la esperanza porque anula el sentido crítico y a lo único que invita es a hacer frente a los desafíos pero nos dispensa de analizarlos y de acceder a los porqué, de analizar lo que hicimos mal y corregirlos. “A veces tengo la tentación de que la mayor parte de las energías se dedican a conservar lo que ya existe, escribe el escritor israelí, David GROSSMAN (El PAIS 21-10-2001)
IV.- EL FACTOR RELIGIOSO
La crisis actual, desencadenada por los atentados del 11 de septiembre, ha producido un incesante cúmulo de palabras, símbolos y motivaciones religiosas: “cruzada”, “justicia infinita”, “condena total”, “ira de Dios”... Los acontecimientos han generado un “humus” religioso, que se despliega en liturgias, rituales e invocaciones apocalípticas y también en un sistema de defensa ante la frustración y de orientación ante el desconcierto.
El recurso a la religión ha sido invocado por unos y por otros; agresores y agredidos la han necesitado para vivir unas situaciones límites, que como puntos de ruptura plantean radicalmente la cuestión del significado. ¿Por qué se debe morir en un atentado? ¿Tiene sentido suicidarse por una causa? ¿Cómo se puede reconstruir una vida en la que faltarán seres queridos? ¿Quién podrá proyectar el futuro si se muestra tan precario?
El sistema religioso ha sido invocado, en el interior de la actual crisis, en razón del contexto de incerteza, que situó a los acontecimientos más allá de la capacidad de previsión y del contexto de impotencia, que impedía controlarlos o influir sobre ellos.
La ambivalencia del hecho religioso
Todas las funciones tradicionales, que se le asignan a la religión, se han concitado en torno a los atentados. La religión ha servido a los terroristas para construir su identidad, ya que le ofrecieron motivaciones sobre el destino humano hasta interpretar su muerte como inmolación para la “entrada en el paraíso” Asimismo les sirvió para canalizar, en nombre de Alá, la protesta social contra las formas de dominación.. Sólo dando un valor absoluto a su acción, el terrorista pudo soportar moralmente su apuesta; no resulta indiferente que uno de los terroristas de la tragedia de Nueva York invocara sus convicciones sobre el paraíso y la supervivencia para justificar su acción.
A los familiares de las víctimas, por su parte, la religión les ha servido de apoyo emotivo ante la catástrofe, de consolación ante el quebranto y de reconciliación para minimizar la desilusión. Los que recogían las víctimas soportaban las dudas, las lentitudes y resistían sin saber el resultado final de su acción.
Unos partisanos militantes pueden destruir las Torres Gemelas y unos voluntarios pueden recoger sus víctimas, ambos invocando a Dios. Esta ambigüedad ha caracterizado el hecho religioso en la actual crisis; lo cual desvela la contradicción fundamental, que anida en el interior de la experiencia religiosa. Pero sobre todo, muestra los límites de la interpretación funcionalista, que ha dominado en las interpretaciones de la crisis actual, que afronta el hecho religioso en razón de sus funciones sociales.
La crisis actual ha desacreditado el uso instrumental de la religión, que certeramente, José SARAMAGO ha formulado como una lucha de dioses: “un dios se dedicó a sembrar vientos y otro dios responde con tempestades.” El primero se exhibe en los billetes de dólares y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina; el segundo es el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones”. El uso sociológico del factor dios es, de este modo, “el más pertinaz y corrosivo enemigo del espíritu humano” El factor dios es “la causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana”.
El conflicto de fondo, que se ha manifestado en la actual crisis mundial, puede ser interpretado en clave de conflicto de civilizaciones o de identidades culturales. Los que atentaron contra las Torres Gemelas, según ellos, pertenecen a otras culturas, como un capítulo más de la tradicional y vieja contienda entre civilizaciones, entre identidades culturales y religiosas; especialmente con la religión islámica, contra la cual Occidente ha luchado durante siglos. Para algunos analistas, éste es el conflicto de fondo: la lucha entre Occidente cristiano y Oriente musulmán; entre dos culturas, una de las cuales ha evolucionado poco. A su parecer, “estamos asistiendo a las nuevas formas de choque entre Occidente cristiano y Oriente islámico. Es un legado de identidad de los que pujaban por afirmarse”.
Resucita la crítica religiosa
La religión ha servido también, en el interior de la catástrofe, para proseguir, por otros medios, y profundizar la crítica de la religión. La invocación a Dios deshiela la racionalidad funcional que se instaló en nuestra civilización y debilitó el impulso ético, la acción colectiva, la empatía hacia los sufrientes y las condiciones sociales de la esperanza.
Quienes han recurrido a los códigos religiosas representan a los hambrientos de pan y dignidad, ganosos de desarrollo económico y de acceso a las fuentes de riqueza. La crisis actual es un capítulo de la permanente cancelación de la pobreza y de las desigualdades mundiales. En el origen está la humillación de los empobrecidos y el pánico que nace de la amenaza de perder lo que uno cree que le pertenece, es “el terror muy propio de nosotros, los que vivimos bien, ante cualquier amenaza que pueda ponernos al nivel de quienes siempre viven mal”. Cuando luchan el que tiene mucho que perder y el que está dispuesto a morir, “puede que éste acabe siendo mas fuerte, aunque esté peor armado” (GONZALEZ FAUS. La VANGUARDIA 27-9-2001)
Hemos visto cómo hay un buen dios, que desarma las funciones atribuidas a la religión. Hay hombres y mujeres que no inventaron a Dios por el miedo a morir sino que se dejaron matar para que otros pudieran vivir. Esos hombres y mujeres no inventaron a Dios para dispensarse de pensar sino que pensaron en el factor hambre, en el factor humillación, en el factor impotencia para no desplazar las responsabilidades históricas hacia la esfera celestial.
En interior de los atentados, la invocación a Dios ha sido también un generador de confianza.¿Es posible mantener la esperanza dentro de la adversidad? La confianza en la realidad, que en el interior de las catástrofes puede implorarse como Misterio, como Silencio, como Padre/Madre, tiene capacidad de salir adelante; esa confianza en que el sufrimiento no será la última palabra ni que las víctimas quedarán desatendidas, puede abrir la catástrofe hacia el futuro. La compasión, la solidaridad y la benignidad, que han aparecido en torno a los atentados terroristas son una muestra, pequeña, pero efectiva, de que es posible revertir la historia -o empezar a dar algunos pasos en la dirección justa. (SOBRINO, J. 1163)
Algunas comunidades han recuperado la esperanza implorando el Dios-ánimo y celebrando comunitariamente el poder salir adelante; convirtieron la impotencia en plegaria, la indefensión en pregunta, el dolor absurdo en queja dolorida. Hay blasfemias que encierran mayor piedad que todas las oraciones melosas, es la esperanza profética del grito.
La crisis actual trae la necesidad de replantear el significado político de las religiones para tiempos de globalización. El servicio mayor, que pueden hacer las tradiciones religiosas, consiste en apostar por el universalismo que es inmanente a las tradiciones bíblicas del discurso sobre Dios; un Dios que “quiere ser todo en todos”, que no quiere ser propiedad de las Iglesias, que trajina por todos los lugares de la historia como el viento.
La aportación decisiva de todas las grandes religiones, en el actual contexto mundial, es el reconocimiento de la autoridad de aquellos que sufren. El cristianismo comenzó como recuerdo y seguimiento de alguien, que miró de frente al sufrimiento del otro. La primera mirada de Jesús no ha sido sobre el pecado del mundo ni sobre la pertenencia comunitaria ni sobre la condición cultural, sino sobre las existencias rotas por el sufrimiento. (METZ, J.B )
Esta sensibilidad por el dolor de los otros es el máximo universal. El ámbito de esta responsabilidad y la extensión de este deber no tiene límites. Hablar de Dios significa dar voz al dolor del otro., al dolor de los extranjeros, al dolor de las pateras, al dolor de los que viajan debajo del trailer, al dolor de los que caen en palabras de la parábola en manos de los ladrones.
Esta memoria del sufrimiento ha sido también el lugar de encuentro de las religiones. Donde hay conflictos religiosos es allí donde sólo importa el sufrimiento o el interés propios. La verdadera cuestión, que plantea la crisis actual a las religiones, consiste en saber si hay algo accesible a todos los seres humanos, si acaso seremos capaces de establecer criterios que comprometan a todos, si somos capaces de verdad.
Nuestro tiempo ha sido capaz de universalizar las mercancías, los productos, el capital y las finanzas pero muestra una incapacidad total para universalizar la dignidad humana y los derechos humanos respetando el pluralismo y las formas de civilización.
¿Qué podemos compartir, qué debemos universalizar, hay algo humano que se nos imponga desde la experiencia religiosa? . La universalidad del sufrimiento es la norma y el criterio para el encuentro de las religiones. Esa es la única autoridad sagrada, que se impone absolutamente, la que tiene la clave de la promesa y la autoridad sobre el tiempo.
Dios como los derechos humanos y la realización de la dignidad son temas universales. La única alternativa a la universalización de la dignidad de los seres humanos y a los derechos del hombre como bien universal es la barbarie. Hay verdades y principios a los que no se pueden renunciar bajo la presión de situaciones y de mentalidades, esta autoridad es previa a la constitución eclesiástica, al código de derecho canónico y a las iglesias
Las patologías de lo religioso
En el largo éxodo, que han de pasar las tradiciones religiosas para recrear su sentido liberador, están conociendo todas las patologías de lo humano, que al revestirse de sacralidad presentan su mayor perversión.
Las convicciones religiosas han cultivado también, hoy, como se ha evidenciado en los recientes acontecimientos, la revancha, la venganza que posee “la intensidad de la pasión, la fuerza de un instinto y la compulsión de un reflejo” (ROJAS MARCOS, L.)
Asimismo, las religiones han colaborado, en estos acontecimientos, a que el mundo viva con la sombra del terror y el miedo. Predicadores de todo tipo han aprovechado las condiciones apocalípticas del momento para instrumentalizar las fes religiosas, convirtiendo la angustia, la depresión, la pesadilla en argumentos para la creencia. Incluso los ilustrados creerán que el conflicto está entre la laicidad y el integrismo religioso, olvidando la historia del sufrimiento y de las humillaciones de los pueblos.
Pero sobre todo, ha cobrado más fuerza el uso político de la religión. En tiempos apocalípticos, los fundamentalismos se llevan la mejor parte; la doctrina se afirma frente a la razón con el fin de conseguir seguridad y salvarse del desconcierto y de los descontentos. Las religiones se convierten en religión de Estado, lo que ayuda a radicalizar la arrogancia imperial, la añoranza del hombre que viene a salvarnos y la búsqueda de sucedáneos para soportar las experiencias traumáticas.
Lejos de recuperar el perdón, se crea una falsa imagen de los otros, que justifica unas decisiones que crearán muerte y sufrimiento para un gran número de afganos. La caricatura del islam, que le adorna de todo aquello que rechazamos, les arrebatará su propia historia y dificultará todo cambio desde su propia tradición.
Los símbolos religiosos han servido para cultivar el ardor guerrero y justificar estrategias militares. En lugar de situarse junto a las heridas de la historia, de la naturaleza y de la persona, de espaldas al paraíso, como quería Walter BENJAMIN, se han convertido en los ángeles exterminadores que cerraron las puertas del paraíso.