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IGLESIA VIVA, Nº 210, abr-jun, 2002

Las religiones y la paz como derecho de las personas y de los pueblos

Dolors Oller           

            El conflicto abierto en Afganistán y la forma de proceder tras los atentados del 11 de Septiembre han puesto de nuevo en evidencia lo que es un secreto conocido a voces: que el progreso moral de la humanidad está a años luz del progreso tecno-científico y que es precisamente este desfase una de las más importantes causas de la irracionalidad en que se halla sumido nuestro mundo, a pesar de que desde el Occidente rico nos vanagloriamos de actuar en base a la Razón, erigida desde la Modernidad en centro de nuestra vida y de la construcción social. La necesidad de profundizar en lo que significa la paz y sobre qué bases hay que edificarla se nos presenta así como uno de los más importante retos del siglo recién estrenado. Porque la cultura de la violencia que ha jalonado desgraciadamente la historia de los seres humanos, deteriorando su humanidad y la posibilidad de construir en común un mundo para todos, en vez de solucionar los conflictos genera, por el contrario, más odio y resentimiento y ayuda a prolongarlos. Hoy, más que nunca, es necesario trabajar por la paz con el objetivo de evitar que el lenguaje de la violencia se consolide en el ámbito de las relaciones entre personas y pueblos.

            Y cuando nos referimos a la paz, lo hacemos desde un punto de vista positivo, que va más allá de la mera ausencia de guerra, puesto que implica el cumplimiento de una serie de condiciones como son el respeto a los Derechos Humanos y la existencia de un orden económico justo que posibilite unas condiciones dignas para todos sin exclusión. De ahí que un desarrollo con justicia sea la mejor seguridad, puesto que la injusticia estructural y el resentimiento, precariedad y opresión que genera, se convierten a menudo en caldo de cultivo del que se nutren muchas de las violencias que padecemos.

            Entre las necesidades acuciantes a que nos enfrentammos destaca, pues, la de repensar la política desde la justicia para evitar que la marginación y la pobreza conduzcan a una desesperación que, en última instancia, se convierte en situación propicia para el surgimiento de movimientos extremistas, tanto religiosos como étnicos y políticos. Y, además, para romper la dinámica de una política pensada desde el miedo, desde la lógica acción-respuesta, que nos ha llevado a multiplicar unos sistemas de protección que, paradójicamente, nos hacen caer en nuevos riesgos, a la vez que muestran su ineficacia frente a la lógica de un enemigo -el terrorista suicida- a quien no importa preservar la vida y no entra, por tanto, en la lógica de la disuasión, que no puede funcionar en este nuevo tipo de conflictos.

            Debemos aprender a vivir de otro modo, y a ello nos puede ayudar, por paradójico que parezca en momentos de tensión mundial provocados por fundamentalismos religiosos, el diálogo intercultural y, muy especialmente, el diálogo entre las diferentes tradiciones religiosas. Hay que romper una lanza en favor de las religiones: los fundamentalismos no son otra cosa que una perversión de las mismas que desfigura su verdadero rostro. El respeto a la Santidad de la vida es la piedra angular de todas las tradiciones religiosas. Porque, hechas experiencia vivida, nos abren al misterio de cada persona que no es sino reflejo de lo Inefable, del gran Misterio que llamamos Dios y que es Misterio a contemplar, no a descifrar. Nos hacen experimentar así el carácter sagrado de la vida y la gratuidad de saberse don a entregar también gratuitamente y ayudan a tejer una realidad no dual, en la que hay una conexión misteriosa de todo con todos, porque hay un soporte básico que nos impulsa a la unidad desde la diversidad. Hay que tener, además, presente, que la experiencia religiosa conduce a una solidaridad más desinteresada ya que, si es auténtica, no es nunca individualista sino relacional. Lo que nos separa es, en el fondo, menor de lo que nos une si sabemos superar dogmatismos y cerrazones.

            Y en estos momentos en que se necesita mirar al mundo con ojos globales, con una sensibilidad que integre a todos los habitantes del planeta, conscientes de nuestra interdependencia, las religiones pueden favorecer la revisión del proceso globalizador para que sea favorable a todo ser humano. Y ello porque las diferentes tradiciones religiosas nos pueden ayudar a transitar hacia el territorio de lo colectivo, allí donde se teje lo social y se inicia realmente la humanización, porque en su núcleo está el descubrirse en comunión con esta Realidad que nos desborda y que a la vez está presente en todos y en todo. Realidad que nos da sentido y nos posibilita realmente "ser". Ellas pueden, en definitiva, facilitarnos el vivir la dialéctica entre unidad y diversidad, globalidad e identidad, tan difícil de abordar para nuestro pensamiento ilustrado.

            Los humanos tenemos el derecho a la paz, derecho que deberíamos considerar como básico, pues sólo gozan de este derecho pueden hacerse realmente efectivos los demás. Y en momentos como los actuales, de lucha por la hegemonía en el escenario internacional y de diseño de nuevos equilibrios de poder, bueno es rescatar lo que hace unos años apuntó, a propósito de la paz y de su construcción, una persona de la solvencia de Hans Küng en la lección de despedida pronunciada en la Universidad de Tubinga, con motivo de su nombramiento como profesor emérito (JENS, Walter, KUSCHEL, Karl-Josef, Teología en libertad. Diálogo con Hans Küng, Ed. Trotta, Madrid 1998, pp. 77-107).

            Después de narrar su encuentro con el judaísmo y con el Islam y las consecuencias que ello tuvo para su Teología, Küng alude al cambio que supuso el Concilio Vaticano II y la Declaración conciliar sobre los judíos y sobre la libertad religiosa que significaron un giro histórico en la visión y la praxis de la Iglesia católica. Seguidamente constata las relaciones existentes entre las tres religiones proféticas (judaísmo, cristianismo, Islam), haciendo ver que todas las grandes religiones se encuentran hoy en un momento de transición hacia una nueva era y deben abordar problemas estructurales muy similares. Todas tienen planteado el conflicto fundamental entre tradición e innovación, y su solución es importante para hacer inteligible lo genuino de sus tradiciones a las nuevas generaciones. De esta suerte, las distintas Comunidades de fe se ven enfrentadas día a día a retos nuevos, a nuevos paradigmas en la proclamación, reflexión y práctica de su respectiva fe.

            Partidario de un ecumenismo abrahámico, Küng se muestra favorable a sustituir la apologética autojustificadora que en última instancia sólo está interesada en la desaparición de los otros, por una actitud solidaria que participe de las satisfacciones y dolores de las otras religiones, cuya renovación religiosa trate a su vez de promover. Asimismo, afirma la necesidad de corregir la pretensión de exclusividad salvífica del cristianismo, imprescindible si queremos de veras avanzar por el camino del diálogo interreligioso: las distintas religiones pueden ser para sus fieles verdaderos caminos de salvación.

            Küng aborda en especial el análisis del Islam, presentándolo como un conjunto nada monolítico (como no lo es tampoco el cristianismo o el judaísmo), y del Corán como libro de oración y al mismo código legal. Y se pregunta si pueden conjugarse Islam y república, religión tradicional y democracia moderna y Derechos Humanos, habida cuenta que el Islam es a la vez camino de salvación y sistema social, y que parece anclado en paradigmas de la Edad Media. Y es que el Islam tiene ante sí, de modo muy similar al catolicismo romano antes del Concilio Vaticano II, un doble cambio de paradigma. No sólo el de la Reforma, sino también el de la Modernidad, la Ilustración. Y ha de abrir las puertas a una interpretación autónoma que alejándose del literalismo, sepa ser fiel a los principios inspiradores del Corán, atento a las necesidades del mundo de hoy. Esta es una cuestión en la que se juega el destino del Islam y que es de carácter político y teológico a la vez.

            En este sentido, Küng señala que habida cuenta que para el musulmán el Corán es origen, fuente y norma de discernimiento de la fe, de la acción y de la vida islámicos y constituye la suprema autoridad, harían bien no sólo los teólogos sino también el sociólogo, politólogo, filólogo e historiador occidentales de empezar a considerar muy en serio lo que el Corán significa y la gran cohesión que proporciona el Islam como religión.

            De especial interés es su crítica a la teoría de Samuel Huntington acerca del "Choque de Civilizaciones", cuestión ésta que aborda también en su libro Cristianismo. Esencia e Historia. Küng es claro al decir que el esquema de las grandes Civilizaciones le parece poco adecuado como marco orientador de las confrontaciones en el contexto de la política mundial. En su opinión, Huntington sistematiza con ligereza tanto Civilizaciones como conflictos de origen y carácter demasiado distinto. Los mismos países árabes son demasiado diferentes en su constitución y sus intereses como para hacer creíble un conflicto de gran magnitud entre ellos y Occidente. Estima, por el contrario, que en los conflictos territoriales, de intereses políticos y competitividad económica, a las rivalidades étnico-religiosas no les corresponde un papel dominante, aunque por supuesto constituyen los cimientos ideológicos, las estructuras subterráneas latentes y a menudo virulentos, desde los que pueden en cualquier momento alentarse, justificarse y agudizarse  los conflictos político-económicos-militares. Por tanto, las Civilizaciones y, más en concreto, las religiones, constituyen en todo caso la omnipresente y profunda dimensión cultural de todos los conflictos sociopolíticos de los pueblos. Una dimensión que en ningún caso hay que infravalorar cuando se trate de abordar los conflictos desde la sociología, la politología y la política práctica.

            Y como alternativa a un eventual "Choque de Civilizaciones", Küng establece cuatro principios en el terreno macro de la política mundial para poder llegar a la paz mundial mediante el diálogo entre Religiones y Etica mundial. Así:

            - En un mundo lleno de peligrosas tensiones y polarizaciones entre fieles e infieles, entre personas vinculadas a las Iglesias y secularistas, clericales y anticlericales, etc., la democracia no sobrevivirá sin una coalición de fieles e infieles en el mutuo respeto.

            - En un mundo y un tiempo en que la humanidad está amenazada por nuevos conflictos étnico-religiosos en lo grande y en lo pequeño, no habrá paz entre las Naciones y las Civilizaciones sin paz entre las Religiones.

            - En un mundo y un tiempo en que la paz está amenazada por todo tipo de fundamentalismo religioso, un fundamentalismo que a menudo radica menos en la Religión que en la miseria social, la reacción al secularismo occidental y la necesidad de una orientación básica en la vida, no habrá paz entre las Religiones sin diálogo entre las Religiones. La paz constituye un punto programático central en la mayoría de las tradiciones religiosas. Su primer objetivo habrá de ser, por tanto, construir la paz entre sí, poniendo en práctica medidas generadoras de confianza.

            - Y, finalmente, en un mundo y en un tiempo en que la mayoría de relaciones entre las Religiones se ve a menudo bloqueado por todo tipo de dogmatismos e infalibilismos rastreables en todas las iglesias, religiones e ideologías, no se dará un nuevo orden mundial sin una ética mundial, sin un ethos global, planetario. Tal ética de la humanidad no se trata de una nueva ideología o supersestructura que convierta en superfluas las éticas específicas de las diferentes Religiones. Una ética mundial no significa una única cultura mundial, y mucho menos una única religión mundial. Expresado en positivo, una ética mundial no es otra cosa que el mínimo necesario de valores, reglas de referencia y actitudes básicas comunes, para que la humanidad pueda subsistir.

            En un mundo que se ha vuelto mundano, caracterizado por el pluralismo de la verdad y la individualización de la vida, una ética mundial se ha hecho hoy más urgente que nunca: un mínimo consenso básico respecto de valores vinculantes, puntos de vista irrevocables, actitudes fundamentales que a pesar de sus diferencias dogmáticas pueden y deben estar asumidas por todas las Religiones, incluso por los no creyentes, y los que creen o piensan diferente. Y al referirse a la presente crisis mundial de orientación, en que continuamente hace valer cada uno sus propios derechos humanos contra otros, Küng aplica aquellas palabras de Gandhi: "El Ganges de los derechos brota en el Himalaya de los deberes".                                                    

             Y termina su reflexión aludiendo a la Declaración para una Etica mundial, que el Parlamento de las Religiones mundiales aprobó en Chicago el 4 de Septiembre de 1993 y que fue redactada por él mismo, señalando su gran importancia en relación con el fundamento ético de la exigencia de una responsabilidad a largo plazo para con las generaciones futuras y con la naturaleza: en ella se contiene el consenso mínimo ético fundamental de las distintas Religiones, logrado por primera vez en la historia de las mismas.                                                                      

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