HACIA UNA NUEVA IGLESIA VIVA
Con el número 191, que el lector tiene en las manos, Iglesia Viva completa una etapa y da paso a una profunda renovación de fondo y forma, a una nueva etapa en la que, sin embargo, no va a perder la identidad que Iglesia Viva ha conservado desde su momento fundacional.
Quienes nos han seguido desde antiguo en estos 32 años de cita bimestral, saben que Iglesia Viva nació con vocación de impulsar renovación y reformas y no ha dejado ella misma de irse adaptando continuamente a las nuevos contextos de la Iglesia y de la sociedad. Los objetivos, los temas, los interlocutores, los autores y el equipo de Dirección se han ido renovando continuamente.
Estos cambios se iban introduciendo poco a poco y enmarcados en un formato contante que resaltaba la continuidad de la revista.
Hoy, tras una profunda revisión y programación a la que hemos dedicado muchas horas desde hace casi dos años, nos ha parecido que para responder a los retos que nos plantea la situación cultural y social en estos últimos años del siglo, los cambios debían ser más radicales. A partir del próximo número los constatará el lector. Ahora únicamente queremos explicar por qué el mismo espíritu fundacional que ha atravesado las distintas etapas de Iglesia Viva nos lleva a esta serie de transformaciones más profundas.
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Estamos viviendo en el momento presente, como consecuencia de una serie de acontecimientos, una nueva coyuntura histórica que tal vez está significando el principio de una nueva era. Tras años de progreso en ciencias sociales, necesitamos encontrar nuevos paradigmas para la comprensión de la situación tecnoeconómica, sociopolítica, cultural y religiosa. La coincidencia de estos hechos con el cambio de siglo y de milenio es sólo accidental. Pero, en cualquier caso, esta coincidencia está enfatizando universalmente la importancia de los cambios y es normal que también influya en nuestra apreciación.
La simbólica caída del muro de Berlín en 1989 produjo una serie de acontecimientos en cadena que ha llevado a una profunda reconfiguración del orden internacional. Ha disminuido la tensión este-oeste, y se ha recrudecido la tensión norte-sur. Los antagonismos ideológicos parecen haberse desvanecido. Pero en, cambio, parecen haberse acentuado los conflictos redistributivos y culturales. Se ha incrementado el desencuentro entre países ricos y países pobres, lo mismo que entre capas sociales de un mismo país, con tendencia a una creciente dualización, justificada ahora descaradamente por la mentalidad neodarwinista dominante.
El celebrado triunfo del capitalismo, los avances técnicos, sobre todo en comunicaciones y en el tratamiento de la información, y la supresión casi universal de barreras a los movimientos de mercancías y capitales, está empujando a una globalización y monetarización de la economía que está siendo presentada por todos como hecho inevitable, motor de todas las transformaciones y base configuradora del oensamiento único.
Se dice que ya no estamos en la época de las ideologías y que la ilustración ha fracasado, aunque asistimos a una demanda creciente de sentido y de proyectos saludables, tanto para la vida individual como para las sociedades.
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La necesidad de dar respuesta a las nuevas demandas y retos está llevando a los grupos semejantes al nuestro, de pensadores que creen en la persona humana como valor absoluto y que están abiertos a la transcendencia, a replantearse los análisis de situación y los objetivos de acción para encontrar una nueva posición en la polaridad identidad-relevancia.
En el contexto cristiano occidental, mientras unos grupos creen que es el momento, con un mundo que marcha descarriado y sin pastor, de reforzar las señas de identidad tradicionales, otros creen que la restauración y la fanatización religiosa sólo pueden conducir a una creciente sectarización y decadencia.
Nosotros creemos que una actitud de fe cristiana, con clarividencia de los signos de los tiempos actuales, debe llevar, mucho más que en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI, a abrir ventanas y optar por un diálogo ecuménico y planetario, para que lo que está vivo de nuestra Iglesia, su verdadera identidad dinámica más allá de las formas históricas, se transforme en fermento del nuevo hombre, de la nueva mujer y de la nueva sociedad que está surgiendo. Hay que hacer relevante el Evangelio de Jesús, no por la vía del poder, sino porque responde a las preguntas y demandas que, aun sin formularlas, proponen los hombres de hoy.
Cuando se abandona en los ambientes eclesiásticos el espíritu del Vaticano II, al que se le acusa de descomponer la solidez de la Iglesia, nosotros optamos por reivindicarlo, defenderlo y desarrollar los fermentos de futuro que en él se nos entregaron. Cuando se demoniza a la ilustración como fautora de la increencia, causa de todos los males y catástrofes de este siglo, nosotros creemos que sólo partiendo de la confianza en la intuición y la razón humanas y buscando los auténticos valores humanos en diálogo abierto donde puedan participar creyentes e increyentes, se pueden crear las bases de una sociedad íntegramente democrática, sin dictaduras, esclavitudes ni fanatismos.
Sólo desde la asunción plena de los principios de la auténtica modernidad, no desde la indeferencia o el rechazo de los mismos se puede entrar válidamente en la post-modernidad.
En la escala que va de la búsqueda de la identidad humana, a la cristiana y a la eclesial, creemos más que nunca que hay que empezar por el principio. No se puede dar por supuesto que buscando el bien de la Iglesia se progresa en cristianismo, y por tanto en humanización. Sin que para nada haya decaído la identidad eclesial y cristiana de nuestro grupo, nos vemos cada vez más identificados como buscadores de humanización profunda, dialogando con todo pensamiento que busque las bases de una ética y una sociedad humana universal.
En el cristianismo creemos ver cada vez más la revelación más clara de ese rostro de Dios que es el hombre y la mujer, sobre todo cuando sufren pobreza u opresión. A las iglesias cristianas quisiéramos verlas siempre humildes y libres para revisarse continuamente a la luz del Evangelio, y capaces de hacer comunión de creyentes adultos en corresponsabilidad.
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Por nuestra parte, entre los cambios más significativos que se han producido ya en la organización de la revista, está la progresiva incorporación, al grupo de redactores habituales ya de antes y al Consejo de Dirección recientemente, de seglares de generaciones jóvenes, incluyendo una significativa presencia de mujeres. Esperamos que esto vaya reflejándose en una nueva sensibilidad y en un nuevo talante de la revista. El hecho de que concluyamos la etapa anterior con un número dedicado a la teología desde el punto de vista de la mujer, hecho todo por mujeres jóvenes, es un signo.
En el próximo número, el último de 1997 –nos ha parecido más honrado hacer el cambio en un período de suscripción, para que los antiguos puedan con más fundamento optar por su continuidad–, los lectores podrán ver ya otros cambios de estructura y de formato de la Revista. Queremos que la nueva Iglesia Viva, conservando las características de rigor, libertad y profundidad intelectual, sea más clara y legible. Seguiremos la costumbre de números monográficos, con un tema que englobe los diversos estudios, pero añadiremos más secciones habituales que ayuden al lector a seguir la actualidad cultural, social y religiosa. Tendrá un formato algo más grande y más páginas, pero pasará de bimestral a trimestral. El estilo y el diseño esperamos que estén más acordes con la estética de los tiempos y que inviten más a la lectura..
Empezaremos la nueva serie con un número programático, que tratará de los retos que se presentan al cristianismo en este final de milenio. Se desarrollará en él lo que aquí se ha adelantado y se presentarán los objetivos de la revista y de cada una de las nuevas secciones.
Más que nunca Iglesia Viva es un proyecto abierto a la colaboración de todos los lectores. Y en un momento de cambio como éste es más necesario que nunca contar con las ayudas y sugerencias de todos, que esperamos ya a partir de este momento: reaccionar libremente a lo que aquí se dice y a lo que vendrá después, proponer modos de conseguir una mayor penetración en ambientes nuevos que desconocen hasta ahora la revista, sugerir temas, autores, enfoques. Hasta pronto en la nueva Iglesia Viva.
El Consejo de Dirección