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RELIGIÓN, EDUCACIÓN Y ENSEÑAÑZA

Victoria Camps 


Si queremos vincular la religión a la educación o a la enseñanza, debemos empezar por distinguir dos modos de concebir la religión.  Por una parte, entendemos a la religión como una confesión, una doctrina, el contenido de una fe, la religión vivida.  Por otra, la religión puede ser vista simplemente como un aspecto fundamental de nuestra cultura -de la cultura occidental, si pensamos sólo en el cristianismo-, o de la cultura de la humanidad si pensamos en el conjunto de las religiones.  La distinción es importante si tenemos en cuenta la privatización de la religión como un hecho, en Occidente, a partir de la modernidad, y, más aún, si pensamos específicamente en nuestro caso, si tenemos en cuenta la laicizací6n de la sociedad española.  No estaríamos hablando de la educación religiosa ni sería esta una cuestión tan espinosa como lo está siendo entre nosotros, de no haber pasado recientemente por un régimen nacionalcatólico que condiciona nuestros lazos con la religión, nuestra forma de entenderla y nuestros prejuicios con respecto al lugar que la religión debe ocupar en el sistema educativo.

Las reticencias por parte de la Conferencia Episcopal, y de sectores ideológicamente cercanos a ella, a mantener un Convenio en los términos en que se mantiene, no ayudan a aclarar la cuestión ni a proponer alternativas adecuadas.  Querer hacer de la religión -de la fe religiosa- una asignatura más, que sea parte del curriculum del alumno creyente, que reciba, por tanto una evaluación como cualquier otra materia, y que, por supuesto, se imparta en la escuela, significa, a mi juicio, mezclar categorías y niveles.  Es situar a la fe donde no debiera estar pues la educación religiosa es algo que trasciende y va más allá del aprendizaje escolar de una asignatura.  Por supuesto que la religión no es sólo una práctica, requiere asimismo unos conocimientos que alguien tiene que encargarse de transmitir de un modo sistemático.  Pero ¿es la escuela el espacio más idóneo para hacerlo? ¿No sería más propio que lo hiciera directamente la iglesia, esto es, la parroquia o algún tipo de organización eclesiástica?  Es fácil entender los motivos de la Conferencia Episcopal para mantener sus posiciones al respecto.  A los padres les resulta más cómodo que todo lo haga la escuela.  Tener que llevar a los niños a otro lugar para que aprendan religión es un esfuerzo añadido que muchos no harían simplemente por desidia.  Es más, si la escuela lo hace pero no considera a la religión una asignatura del rango de cualquier otra, el menosprecio del alumno hacia ella estará dado.  La comodidad, pues, y el temor a la devaluación de una materia que no está donde debe estar, fuerzan a mantener una situación anacrónico y negativa, me atrevo a decir, para la misma educación religiosa.

No hace falta extenderse mucho en este punto porque se ha hablado de la cuestión largamente y mis juicios no son en absoluto novedosos.  Tampoco hace falta desarrollar mucho el argumento -también ampliamente debatido- de la ética como alternativa a la religión.  Es sólo una consecuencia de la obcecación en mantener la religión como parte del curriculum escolar y no discriminar, al mismo tiempo, con horas extras de clases, a los alumnos creyentes.

 

Aparte de las confusiones teóricas y prácticas que la propuesta de una ética como alternativa a la religión puede producir, está claro y la experiencia de los últimos años no hace más que confirmarlo, que la ética, de esta forma, no está tampoco en su sitio ni adecuadamente tratada.  Pero no se trata ahora de ver los inconvenientes que para la ética pueda tener el considerarla como mera alternativa a la religión.  Se trata, y a ello voy, de considerar el modo cómo una sociedad laica, pero dependiente de una larga tradición religiosa, ha de abordar la cuestión de la enseñanza de la religión.  De hecho, pensar en ello no es otra cosa que plantearse la cuestión que da título a mi intervención: cuál es el papel de la religión en la formación de la persona.

Volviendo a la distinción hecha al principio, mi opinión es que la fe religiosa es perfectamente prescindible en la formación humana.  No lo es, por el contrario, la cultura religiosa.  Con ello no quisiera en absoluto minusvalorar el papel que la fe pueda tener, para el creyente, en la formación humana.  Sin duda, para él tiene un sentido y un valor, pero un sentido y un valor que hay que aceptar que el no creyente no asuma ni entienda.  Por el contrario, si nos situamos en un terreno mucho más aséptico, no creo que se pueda mantener la postura de quien dice -y los hay en nuestra sociedad-: “a mi hijo -o a mi hija- ni una palabra de religión”.  Dicha postura, quizá comprensible por la inflación religiosa que las generaciones ya no jóvenes hemos sufrido durante el régimen anterior, no es sino el síntoma de una equivocada apreciación del sentido general de nuestra cultura.  Pues es innegable que la religión ha sido una parte fundamental de la cultura occidental, tan importante que hoy es imposible entender casi nada de nuestro arte, literatura, filosofía o historia, sin pensar en la religión como una variable que explica y da sentido a un montón de hechos, conflictos, imágenes y textos.  El analfabetismo religioso de que dan muestra muchos de nuestros alumnos es sólo una forma de incultura, una consecuencia de haberles privado no ya de la enseñanza de la fe religiosa, sino de la enseñanza de lo que ha significado la fe en nuestra historia y en nuestro mundo.  Y esta privatización la pagan con la incomprensión de la cultura misma.

Creo que esta ha sido la primera y nefasta consecuencia del empeño en mantener la religión en la escuela como asignatura opcional.  Si antes todos los alumnos, porque todos eran obligatoriamente creyentes, habían oído hablar del Génesis, de los Evangelios, de Cristo y la Virgen María, hoy ese conocimiento está sólo al alcance de los creyentes -¡y eso ya es muy optimista!-.  Para los alumnos que no se acercan a las clases de religión, ésta constituye algo extraño, esotérico, misterioso, quizá con el atractivo de lo mágico, pero lejano e ignoto.  No sólo, insisto, eso es incultura, sino que puede dar lugar a perversiones múltiples: el atractivo del misterio, y del misterio de algún modo vedado o prohibido, lleva a buscar compensaciones en el autodidactismo, una búsqueda derivada, en definitiva, de la falta de criterio.

Somos víctima de una confusión, que es la que intento aclarar.  Conocer el significado cultural de la religión no es lo mismo que hacer proselitismo.  Sin embargo,, mucha gente mezcla ambas cosas.  De ahí el' rechazo, por parte de padres y de profesores, a incluir entre sus enseñanzas la del papel que ha tenido en la cultura occidental la religión.  Se trata de una confusión, a mi entender, propiciada y abonada por la postura de la Conferencia Episcopal: al insistir en mantener la religión en el sistema educativo, no hace la pedagogía adecuada que llevaría a distinguir lo que es la fe de lo que sólo es cultura religiosa.  Si la fe debe ser privativa, efectivamente, de los creyentes, la cultura ha de tenerla toda persona culta y el lugar de transmitirla es, en este caso y sin duda alguna, la escuela.  Lo dicho hasta ahora podría resumiese así: la cultura religiosa es imprescindible no tanto para la formación humana como para la culturalización -la formación cultural- de la persona.

Pasemos, pues, al tema que más propiamente nos ocupa. que es el de la formación humana.  Si la conclusión a la que he llegado es que la cultura religiosa ha de tener un lugar en la educación, pero sólo entendida como transmisión de saberes y no como formación de la persona, lo que he de plantearme ahora es si la fe religiosa -la otra acepción de religión- tiene un papel en la formación humana.  Ya he dicho, hace un momento, que sin duda lo tiene para el creyente, pero eso es demasiado obvio.  Lo que nos interesa preguntarnos es si lo tiene para cualquiera.  Dicho de otra forma: ¿la fe religiosa añade algo a la formación de la persona, algo que no da la educación estrictamente laica y que consideramos imprescindible?  Es decir, ¿le añade algo más allá de la misma fe?.

Quizá, antes de adelantar respuestas, deberíamos aclarar, si ello es posible, qué entendemos por formación humana.  Es difícil el rigor en una cuestión tan poco definible.  No obstante sabemos que cuando se discurre sobre las finalidades de la educación, se suele distinguir entre dos grandes fines: 1) la integración de la persona en la sociedad; 2) la formación de la persona.  El primer fin es más fácil de precisar, puesto que integrar a alguien en la sociedad significa poner a su alcance los conocimientos necesarios para que pueda desenvolverse en ella: pueda seguir los estudios superiores que la sociedad ofrece, pueda encontrar empleo, pueda desempeñar, en definitiva, cualquiera de las funciones que la sociedad requiere.  La segunda finalidad, la formación de la persona, puede ser vista como el contrapeso de la integración.  Pues dar una "formación plena- a la persona -como pide la LOGSE, por ejemplo- es dotarla de una capacidad de autonomía, de criterio, de conciencia crítica que le permitan incluso cuestionar las funciones socialmente establecidas.  Por una parte, pues, la persona ha de ser formada a la medida de la sociedad.  Por otra, ha de ser capaz de poner en cuestión esa medida e impulsar, así, el cambio y la transformación sociales.  Ni que decir tiene que la educación, en nuestro tiempo, ha acabado privilegiando y dando incluso más valor a la primera finalidad que a la segunda, mucho más difícil de llevar a cabo.  De ahí que hablemos constantemente de una crisis de la educación.

Quisiera distinguir dos cosas que, a mi modo de ver, tienen que ver o están contenidas en esa segunda finalidad de la educación, que es la formación plena de la persona.  Me refiero, en primer lugar, a la ética, y, en segundo lugar, a la trascendencia, a la espiritualidad y al sentido de la vida humana.  Ambos aspectos creo que son inseparables de la formación de la persona, sea cual sea el significado que queramos darle.

Empecemos por la ética, que para mí es más sencillo.  Está claro que formar a una persona implica inculcarle una serie de principios, normas o prescripciones, una distinción entre el bien y el mal, un sentido de los derechos y de la responsabilidad ante los otros y ante uno mismo.  Todo eso es la ética.  Pues bien, formar éticamente a un individuo creo que es algo que puede tener que ver, pero en principio no tiene nada que ver, con la formación religiosa.  Es cierto que de las doctrinas religiosas suele derivar una ética.  Los Mandamientos de la Ley de Dios constituyen el compendio ético derivado de la religión cristiana.  Las llamadas "virtudes cardinales" son el resultado de la incorporación de las virtudes aristotélicas a la doctrina ética cristiana.  Tenemos ahí, pues, un ejemplo claro de que, por una vía no religiosa, es posible llegar a conclusiones sobre los principios fundamentales del comportamiento humano muy similares a las que llega la religión.  Arist6teles y Santo Tomás básicamente dicen lo mismo.  Porque Santo Tomás bebe de Aristóteles, sin duda, pero también porque el sentido común, la razón -y las costumbres-, llevan a uno y a otro a defender los mismos principios.  El principio fundamental del cristianismo: “ama al otro como a ti mismo”, ¿no es una versión de la llamada "regla de oro de la moralidad": "no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”?

Es una versión, sin duda, pero una versión también más exigente.  El precepto del amor es algo más activo que la prescripción de no hacer daño.  Pero es que ahí está la diferencia fundamental entre una ética religiosa y una ética laica.  Las religiones imponen deberes de esos que la ética anglosajona ha llamado "supererogatorios", deberes que van más allá de los mínimos exigibles a todo el mundo.  Deberes también más concretos, porque las autoridades depositarias e intérpretes de las religiones, han sido las iglesias y sus ministros, que han ejercido un control que hubiera sido imposible sin una mínima concreción de los preceptos.  Controlar el amor al prójimo es bastante complicado, pero no lo es controlar la infidelidad si ésta se entiende como adulterio o, afinando más, como “el deseo de la mujer del prójimo”.  Sea como sea, mi opinión es que hay un punto de partida indiscutible: si la ética tiene -como no dejamos de decir desde Kant- una exigencia de universalidad, la pretensión de llegar a principios universales no puede justificarse más que en la razón misma, la justificación no puede ser heterónoma y venir de un Dios o de una doctrina religiosa.  Kant hizo lo imposible por liberar a la ética del fundamento religioso.  Lo consiguió a medias, como explicaré en seguida.  Pero en algo creo que no se equivocó: en entender que si pretendemos regular la conducta con leyes morales, estas deben ser autónomas, independientes de las religiones.  Sól0 así podremos universalizarías.

Pero hay un segundo punto a considerar.  Una persona formada es una persona éticamente formada, esto es, una persona que cuenta con criterios para actuar correctamente.  Ahora bien, ¿las preguntas sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, son todas las preguntas de la vida humana? ¿No hay otras cuestiones que el ser humano se plantea y que ninguna ciencia y tampoco la ética le ayudan a responder?  La pregunta por el más allá de la muerte, por ejemplo. 0 la pregunta por el sentido último de la vida, que quizá sea lo mismo.  Dicho de otra forma, el ser humano tiende a ir más allá de sus propios límites: los límites del lenguaje -como observó Wittgenstein-, los límites de su propia biología, o los límites de la razón -según vio Kant.  De un modo u otro, el ser humano siente, percibe, conoce, anhela, el más allá, la trascendencia, lo que Horkheimer llamó: "lo radicalmente otro".  Las religiones se han dedicado a nutrir ese saber y sentido de lo trascendente, que es el núcleo de eso que vagamente llamamos "espiritualidad", lo que está más allá de lo sensible y material.  Y, al hacerlo, han podido dar respuestas a preguntas que la ciencia no se plantea ni contesta.  Han elaborado esos universos de sentido que han colmado, hasta cierto punto, el ansia de sentido de la existencia humana.

Cabe aquí plantearse dos cuestiones, según atendamos a la pregunta por el sentido o a la respuesta a esa pregunta.  Cabe preguntarse si fuera de la religión -de la religión como fe en una trascendencia- es posible la misma pregunta por la trascendencia y la búsqueda de un sentido pleno y espiritual de la vida humana.  Y es una pregunta para la que confieso que no tengo respuesta.  Creo que no puedo tenerla porque tuve una educación religiosa.  No puedo, por tanto, sustraerme a esa educación, a algo que, como quien dice, he mamado.  Aventurar qué preguntas, qué inquietudes hubieran sido las mías si mi educación hubiera sido radicalmente arreligiosa.  Quizá la cuestión tampoco esté bien formulada.  Pues dado que han sido las religiones las que han asumido los interrogantes y las respuestas sobre la trascendencia y el sentido de la vida, ¿no habría que plantearse más bien si la religión es algo constitutivo del ser humano, como, entre nosotros, han sostenido Zubiri o Aranguren?  Sea como sea, la pregunta no interesa demasiado para el tema que discutimos.  Si la religión es algo constitutivo de la naturaleza humana, sólo tendría justificación empeñarse en enseñar la religión verdadera, dado que el sentido de lo religioso se tendría en cualquier caso.  Afortunadamente, estamos superando esos dilemas sobre verdad y falsedad religiosa, por lo que más vale que abandonemos ese camino.

Decía que el otro aspecto a considerar no es la pregunta por el sentido, sino la respuesta a esa pregunta.  Si la religión se ha hecho cargo de la pregunta ha sido precisamente para dar respuestas, y lo ha hecho abundantemente.  Ello le ha valido la mayoría de las críticas desde las filosofías más racionalistas, hasta llegar al anatema marxista de la religión como ,,opio del pueblo'.  Creo que todavía dependemos mucho de esa condena que entiende que la religión no sólo da soluciones falsas a los problemas más esenciales, sino que evita encontrar las auténticas soluciones a nuestro alcance.  El repudio de la religión por parte de muchos tiene ahí su razón de ser.  Más que un elemento positivo para la formación humana, la religión es vista por muchos como distorsionador de esa formación.  Una malformación, en una palabra.

Si nos esforzamos en huir tanto de los dogmatismos fundamentalistas, que ven en una doctrina religiosa la única verdad, como del otro extremo, el que sólo ve la religión como pábulo a la ignorancia o el miedo a saber, tendremos que reconocer que existen inquietudes que sólo la fe puede, no ya contestar, sino sencillamente, aliviar.  Tendríamos que volver a hablar de Kant y su pregunta -posterior a la pregunta ética "¿qué debo hacer?"-: "¿qué podemos esperar?".  No sólo: ¿qué podemos esperar si hacemos lo que debemos?, sino ¿qué podemos esperar sin más después de haber vivido?  Tras una vida en la que la suma de dolor, sufrimiento, desencuentros y adversidades supera a la suma de ocasiones y logros de felicidad.  La esperanza en una vida que haya superado los conflictos, las contradicciones y las injusticias de la existente, la esperanza incluso en que el justo triunfe sobre el injusto, carece de satisfacción en este mundo.  Pienso que una formación plena de la persona debería, por lo menos, saber inculcar esa limitación. ¿De qué manera?  La religión es un instrumento, pero no el único.

 

 

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