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ONCE TESIS SOBRE EDUCACIÓN Y VALORES

Àngel Castiñeira


 

1.Todo agente formador es al mismo tiempo un agente de socialización. Es decir, no tan solo transmite contenidos cognitivos o refuerza habilidades y destrezas sino que también contribuye a articular conductas, vivencias, actitudes y valores. 

 

2.El compromiso valorativo de los agentes formadores se integra necesariamente hoy en el seno de una organización o comunidad educativa, sea a través de programas reglados (como los diseñados por escuelas, centros de secundaria o universidades) o bien a través de la relación interpersonal y convivencial mantenida en instituciones como la familia, las parroquias, los esplais, etc.

 

3.Todas las instituciones mencionadas disponen de valores, es decir, de un conjunto de patrones y expectativas, de unos horizontes de sentido y significado compartidos. Dicho de otro modo, las organizaciones educativas generan, a lo largo del tiempo, unos modelos de acción y comunicación que cristalizan en una cultura específica, con un sentido propio de identidad y coherencia que sirve de marco de referencia para interpretar hechos y conductas y para guiar la acción de sus miembros.

 

4.Los valores –mejores o peores— siempre estan presentes. Nos engañamos cuando decimos que un centro educativo no dispone de valores porque nunca se lo ha planteado o porque nunca los ha explicitado. La ausencia, voluntaria o no, de una formulación clara de los valores compartidos o de una definición expresa de los valores que se quieren transmitir, es también una opción valorativa. 

 

5.Más que en los contenidos de la educación, los valores y las actitudes son presentes en las maneras de hacer y en las formas de educar. Los valores en la educación no deben ser concebidos como elementos extrínsecos que alguien pretende añadir como quien añade más matemáticas o más historia. Los valores, en cambio, deben ser modulados como procesos intrínsecos, como estándares de comportamiento interiorizados que forman parte de la vida de la institución y que están presentes en los aspectos más insospechados y aparentemente más banales de la propia tarea diaria de sus miembros: el trato, las actitudes, la manera de plantear los temas, la organización del tiempo, los estilos o formas de vida, los hábitos, las rutinas, los modelos ejemplares escogidos, la manera de vehicular y ordenar los sentimientos y las relaciones personales, en definitiva, modelos o sistemas prácticos de resolución de problemas que convertirán las maneras de hacer en maneras de ser.

 

6.Sin embargo, los idearios axiológicos que acompañan a la tarea educativa són dinámicos, los vamos readaptando a los cambios repentinos del entorno en que vivimos. Por citar sólo algunos ejemplos significativos, en las últimas décadas se ha acelerado el proceso de secularización, se ha consolidado en nuestro país una cultura política democrática, hemos vivido el cuestionamiento postmoderno de las utopías (o de los discursos legitimadores de nuestras acciones), ha irrumpido el pluralismo moral (lo que ha comportado la desaparición de un horizonte moral universalmente compartido), la internacionalización y la globalización (de los mercados financieros, de las telecomunicaciones, de los transportes, de las empresas, de las ideas, de las formas de vida, de los derechos humanos, de las consecuencias ecológicas) han sido las protagonistas de la década, se ha comenzado a crear una sociedad multicultural, el reconocimiento de la plena incorporación de la mujer en todos los ámbitos de la vida pública se ha hecho realidad, etc.

 

7.Por este motivo, la cantidad y la profundidad de los cambios ha afectado, inevitablemente, también a la misma concepción de los valores, a la manera de asumirlos y a la manera de promoverlos. Tiene razón Hannah Arendt cuando afirma que el problema de la educación en el mundo de hoy radica en que, por su propia naturaleza, la educación no puede renunciar a la autoridad ni a la tradición, pero que al mismo tiempo se ha de desarrollar en un mundo que ya no está estructurado por la autoridad ni se mantiene unido por la tradición. Las instituciones educativas oscilan, pues, por fuerza entre mantenerse fieles a unos valores envejecidos o abrir la puerta al desorden de nuevas tendencias y sensibilidades que se comienzan a experimentar.

 

8.Esto plantea un nuevo reto. Hasta ahora el reto mayor consistía en transmitir bien los valores. Ahora, además, las instituciones educativas deberán constituirse en un espacio de construcción común de valores. Esto quiere decir que su identidad deberá ir reconstruyéndose, dentro de los cambios antes mencionados y en un marco de confianza suficientemente sólido, como expresión de las decisiones de todos los miembros que forman parte de ellas.

 

9.Este proceso de recreación participada o compartida de la identidad valorativa no está exento de contradicciones o discontinuidades normativas. A veces los mensajes explícitos no se adecúan bastante a la vida real, porque la vida avanza mucho más rápido; otras, el alcance de un núcleo común de valores se debe obtener no desde la imposición sino desde el respeto y la tolerancia a sensibilidades y puntos de vista diferentes, sobre todo en un entorno cada vez más multicultural. Todo esto reclama una adecuada renovación, No solo porque las instituciones cambian de generación o por la coherencia de su identidad interna, sino también porque el contexto global reclama la formación de personas equilibradas y capaces de empujar a sus organizaciones en la dirección de la nueva responsabilidad que reclama hoy la sociedad.

 

10.A pesar de estas dificultades, se ha de intentar mantener una coherencia entre los valores que se verbalizan (el ideario) y las acciones que se realizan (el comportamiento). Para asegurar un compromiso firme en la educación de los valores es necesario tener presentes todos los ámbitos de crecimiento moral de las personas –la formación de su carácter, su razonamiento moral, su capacidad valorativa, la dimensión afectiva de la moral y su comportamiento real— como única vía de asegurar la coherencia entre el juicio y la acción.

 

11.Esta tarea no corresponde tan solo a los miembros públicos o notorios de las instituciones educativas (padres, profesores, monitores), sino que afecta a todas las personas que a ellas pertenecen. Para que este despliegue sea factible es necesario, además, que se haga en un contexto organizativo favorable caracterizado por un buen clima moral y por una atmósfera percibida como justa.

 

 

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