EL DEBATE FRANCÉS ENTRE LAICIDAD Y LAICISMO

 

Por Fernando Vidal

 

A los veinticinco años de la Transición española, vuelve a abrirse lentamente en España el debate sobre la laicidad. Hay varios signos y razones que provocan esta revisión que, en resumen, mantiene tres posiciones: (1) atea, una posición materialista de extirpación de lo religioso de los medios de comunicación y de toda la administración y la opinión públicas (que apoya muy poca población en España pero sí un sector intelectual significativo de tradición marxista); (2) laicista, una posición privatizadora radical, que diría que la religión es un asunto absolutamente privado que debe ser reservado a ese ámbito y que debe ser sustentado por los fondos y esfuerzos de aquellos que creen, como cualquier asociación privada (suscrito por una mayoría de los personajes públicos apoyados en el liberalismo del primer Rawls y por un fuerte sector social); (3) y finalmente un sector de laicidad continua, inclusiva o pluralista donde se busca la contribución pública y demócrata de las religiones en la comunidad política a través de sus personas, colectivos o instituciones. En España el debate principal está entre el liberalismo privatista o el liberalismo inclusivo (asunto sobre el que diserta con maestría el profesor de moral social, Julio Martínez, en un artículo publicado en la Revista Estudios Eclesiásticos[1]y al que próximamente invitaremos a las páginas de nuestra revista Iglesia Viva) o dicho en términos más simplificadores, entre laicismo y laicidad.

 

Un signo de dicho debate lo tenemos en la campaña preelectoral previa al Congreso del PSOE celebrado en julio de 2000, donde José Bono y José Luis R. Zapatero mencionaron con pocas palabras pero bastante fondo la cuestión de la laicidad. El primero declaraba públicamente que el cristianismo era una de las tradiciones del socialismo y una de las más deseables fuentes de su renovación. El segundo no respondió directamente pero insistió como uno de sus mensajes centrales en que quería "una España más laica". Finalmente, el nuevo secretario general del PSOE va a prologar un libro de Ramón Jáuregui y Carlos G. de Andoni en donde declara el cristianismo como una de las fuentes públicas para enriquecer la cultura política del partido, pero, no obstante, aunque esta declaración avanza parcialmente, el debate de la laicidad continúa persistente en el fondo en sus tesis más importantes. Generan una revisión de la concepción de laicidad los nuevos movimientos de los cristianos en la izquierda española, la que Joseph Carbonell llama "secularización mercantilista" de los partidos populares europeos (perdiendo las referencias cristianodemócratas que los fundaron), la extensión de la cultura americana teísta de convivencia de múltiples denomines y la convergencia con una Europa donde rige una laicidad más plural.

 

Otros signos de la vigencia del debate está en el movimiento del PSOE en las autonomías para restar por decretazo alumnos a los colegios de las principales órdenes religiosas aún existiendo una demanda creciente de dichas plazas. Aunque en Extremadura finalmente no se ha practicado dicha política, sí se ha realizado drásticamente en Asturias y hay prácticas muy preocupantes en Andalucía. En el fondo hay una concepción laicista de la enseñanza y una doctrina estatista incapaz de relacionarse adecuadamente con el Tercer Sector, con las religiones ni con el empresariado. El mismo debate sobre la asignatura de religión es signo expresivo de la gran falla de lo laico en nuestro país. Los contenciosos pendientes entre Iglesia y Estado vienen determinados por concepciones bien diferentes de la laicidad.

 

Otras de las razones que actualizan el debate son la llegada de extranjeros que practican otros credos, el asentamiento de denominaciones cristianas de naturaleza evangelista y los cambios en la arquitectura política provocados por las nuevas relaciones con el Tercer Sector que necesitan los tiempos que vivimos.

 

No sólo en España se mueve la revisión de la laicidad dominante en parte de la cultura política, sino que en nuestro paternal modelo francés se ha producido este año una movilización muy relevante de la que queremos dar cuenta en esta crónica. En su edición del 16 de noviembre, Témoignane Chrétien, periódico cristiano progresista francés muy prestigioso y respetado en ese país por su lucha histórica contra la ocupación nazi, contra el colonialismo francés y a favor de las libertades sesentayochistas, ha dado un amplio eco a la polémica acerca de la Carta Europea de los Derechos Fundamentales. En el preámbulo de este documento, redactado por una comisión del Parlamento Europeo, se podía leer inicialmente:  «Inspirándose en su legado cultural, humanista y religioso, la Unión se cimienta sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, de la libertad, de la igualdad y de la solidaridad». La palabra «religioso» ha hecho saltar a Lionel Jospin, que ha conseguido la formulación siguien­te: «Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión ...». Esta versión «jospinizada» fue sometida en Niza a los gobernantes de la Unión. El gobierno francés prefiere el término nebuloso de espiritualidad, remitiendo a la esfera privada el concepto de religión, que se corresponde a instituciones ya presentes en la plaza pública.  Ante esta actuación, los diarios mencionados junto con una larga lista de personajes públicos franceses, realizaron un manifiesto en forma de carta de Lionel Jospin.

 

1. LA CARTA A LIONEL JOSPIN, Primera parte de la Declaración de Témoignane Chrétien y Réforme sobre Laicidad y Laicismo

 

"TÉMOIGNANE CHRÉTIEN" y su colega protestante "Réforme" han escrito conjuntamente al Primer ministro para pedirle volver con más detalle sobre su concepción del laicismo.

 

Carta de Témoignane Chrétien el 7 de diciembre de 2000 al Sr. Primer Ministro:

 

 

                                                                                                          París, 11 de diciembre 2000

Sr. Primer ministro,

 

            Tenemos el honor de dirigirle la presente carta en nombre de los redactores y de los lectores de nuestros dos semanarios, de los que no ignora Vd. sus orígenes, relacionados con la resistencia al nazismo, y su profundo apego a los principios de la democracia y a la divisa de la República francesa.

 

            Desde hace algunos meses el semanario protestante Réforme ha iniciado con sus lectores una reflexión de fondo acerca del sentido del laicismo, en un contexto marcado por la aparición de nuevas sensibilidades religiosas, en particular la del islam, y por la creciente integración de Francia en un espacio europeo en que las relaciones entre el Estado y las religiones establecidas no están reguladas de forma homogénea.

 

            En esta misma semana el semanario Témoignage chrétien que, como Vd sabe, ha trabajado mucho en los últimos tiempos en favor de la emancipación política de los católicos franceses, publica un llamamiento por un laicismo abierto, es decir desprovisto del "clima de crispación y desconfianza" que, en nuestra opinión, ha rodeado a ciertas decisiones sobre temas importantes como la Carta europea de los derechos fundamentales, la enseñanza de las religiones en la escuela o el debate sobre la bioética. Este llamamiento ha sido firmado por 130 personalidades políticas o intelectuales, laicas o religiosas, de diferentes signos políticos, pero que, todas, invocan las grandes tradicio­nes cristianas.

 

            Fieles al espíritu democrático que anima a nuestras dos publicaciones desde que existen, desearíamos que en este necesario debate que se inicia en la sociedad francesa actual en el ámbito de los creyentes y de las religiones, pudiese Vd. informarnos de sus reflexio­nes sobre este tema a título de jefe del gobierno. Nos veríamos muy honrados si aceptase recibirnos en el marco de una entrevista que sería llevada a cabo conjuntamente por los dos firmantes de esta carta. Del mismo modo, esta entrevista de tan gran importancia sería simultáneamente publicada por ambos semanarios.

 

            Agradeciéndole el interés que pueda prestar a nuestra gestión, ecuménica y ciudadana, y a la espera de su respuesta, que deseamos sea positiva, le rogamos acepte, Señor Primer ministro, la expresión de nuestros más respetuosos sentimientos.

 

Firman: Michel Cool (Director de Témoignage chrétien) y Jean-Luc Mouton (Director de Réforme)

 

 

2. Segunda parte de la Declaración de Témoignane Chrétien y Réforme sobre laicidad y laicismo[2]

 

 

A Francia le duele su laicismo. Desde hace más de un siglo, la República francesa ha hecho de éste un valor esencial de su vida democrática. Las diferentes religiones presentes en nuestro territorio desempeñan un papel determinante para la concordia nacional. Han atestiguado su sentido de la responsabilidad con ocasión de las recientes agresiones contra las sinagogas.

 

            Y mientras algunos creyentes tienen, en ocasiones, comportamientos intolerantes, sectarios o proselitistas, las religiones establecidas respetan el espíritu y la letra de la ley de separación entre la Iglesia y el Estado. La mayor parte de las veces contribuyen a enriquecer el debate democrático compartien­do sus experiencias de vida y sus convicciones espirituales. Ahora bien, algunos representantes políti­cos, tanto en la derecha como en la izquierda, manifiestan irritación frente a los creyentes, en particular cristianos, que participan en el debate público sin callar sus convicciones. Esta constatación es particularmente llamativa en cuestiones como la Carta europea de derechos fundamentales, la enseñanza de las religiones en la escuela, o las interpelaciones éticas... Nosotros, cristianos vinculados a la libertad de conciencia y de expresión de cada uno, nos sentimos inquietos con este clima de crispación y de desconfian­za. Deseamos ardientemente que el laicismo, del cual nos sentimos igualmente promotores, se enriquezca con las aportacio­nes espirituales y humanistas de las diversas religiones de este país. Esta indispensable apertura es garantía de confianza respecto de los creyentes, ofendidos por los sectarismos. Este laicismo que anhelamos constituye una posibilidad para enriquecer un debate político que, en ocasiones, está falto de fuelle y de perspectivas humanas a largo plazo.

 

Para el lector de Iglesia Viva es bueno conocer algunos de los nombres más conocidos entre los muchos firmantes de la declaración de Témoignage Chrétien: Olivier Abel (teólogo y sociólogo), Jacques Duquesne (periodista y escritor), Christian Duquoc (revista Luz y vida), Pierre Gardell (escritor), René Girard (filósofo), Jacques Julliard (historiador), Henri Madelin (revista Études), Olivier Mongin (revista Esprit), Paul Ricoeur (filósofo), Michel Barnier (comisario europeo, antiguo ministro), Jean-Michel Belorgey (consejero de Estado, diputado Partido Socialista), Jean-Marie Bockel (alcalde PS de Mulhouse), Michel Camdessus (gobernador honorario del Banco de Francia), Claude Cheysson, (antiguo ministro PS), Jacques Delors, Claude Evin (antiguo ministro PS, diputado), Pierre Eyt (cardenal, arzobispo de Burdeos), Michel Falise (alcaldía de Lille, exrector de la Universidad católica de Lille), Roger Fauroux (antiguo ministro PS), Marie-Noëlle Llenemann (diputada europea PS, alcaldesa de Athis-Mons), Catherine Trautmann (antigua ministra PS, alcaldesa de Estrasburgo).

 

4. RESPUESTA DEL PRIMER MINISTRO A LA CARTA DE TEMOIGNANE CHRÉTIEN Y RÉFORME

 

A estas cartas no respondió Lionel Jospin personalmente sino a través de su gabinete. El que sigue es el texto de su carta.

 

PRIMER MINISTRO

El Jefe de Gabinete

 

                                                                                                                París, 5 de enero de 2001

 

            Señor Director,

 

            Me permito acusar recibo a su atenta carta, llegada a su debido tiempo al Gabinete del Primer Ministro.

 

            El Señor Lionel JOSPIN ha tomado conocimiento con interés del llamamiento que han publicado ustedes en favor de un laicismo abierto, y les agradece su gestión.

 

            Sin embargo, debo indicarles que una programación particularmente recargada no le permiten al Jefe del Gobierno el acceder a su demanda de una entrevista.

 

            El Primer Ministro, no obstante, me ha encargado el asegurarles la atención que concede a los debates organizados por sus publicaciones sobre estas cuestiones.

 

            Le agradeceré el informar al cofirmante de su carta del contenido de esta respuesta, y le ruego, Señor Director, acepte la expresión de mis mejores sentimientos,

 

                                   Suyo,

 

                                   Firmado: Henry PRADEAUX

 

5. Exposición editorial de las razones de la Declaración sobre Laicidad y Laicismo

 

El consejo editorial de Témoignane Chrétien decidió continuar la acción colectiva y dar razón más extensa del fondo del manifiesto. Este que sigue es su texto:

 

"La evocación del legado religioso de Europa ha suscitado la ira del Primer ministro. Pero pone de manifiesto una crispación mucho más profunda.

 

Desde hace algunos meses todos aquellos que reivindican su apego al cristianismo, a los valores de la izquierda y a la República, están un tanto perplejos. Pensaban que nuestro país había logrado imaginar una relación original con las religiones establecidas, en las antípodas tanto de la religión de Estado como del ateísmo de Estado. En Témoignane Chrétien somos de ellos: esta convicción alimenta nuestro compromiso y nuestra observación de la actualidad.

 

Desde hace algunos meses, como decíamos, una lectura más particular del laicismo incita a algunos responsa­bles de la izquierda, al más alto nivel, a renegar evidencias del pasado y a cerrar los ojos sobre el presente. ¿Por qué la evocación del legado religioso de Europa le resulta insoportable al Primer ministro?[3] ¿Por qué razones la Educación nacional desea limitar la aportación de las religiones exclusivamente a su dimensión cultural -artes o historia-, algo así como el latín, pasaporte para el francés? Lejos de toda nostalgia clerical, Témoignane Chrétien no deja de interrogarse: los creyentes, ¿serán los nuevos sarnosos -contra el laicismo, la «modernidad» de la Francia del 2000?

 

En las altas esferas gubernamentales el hecho religioso tiene mal recibimiento. A Christian Pierret, ministro de industria, se le pone por delante como el «beato» del equipo Jospin, curiosidad que puede resultar simpática. Cabe recordar, sin embargo, que los «beatos de izquierda» constituyeron, en los años 70/80 una aportación fundamental para la «refundación» de la izquierda, en particular de la izquierda socialista. Los herederos de la Acción católica (Joc, Jac, Jec) están todavía presentes aquí y allá en algunos círculos del poder, pero se callan y se ocultan. Una señal entre otras de esta gran deser­ción: ni un solo hombre político de la izquierda se ha desplazado a Roma con motivo del reciente Jubileo de los parlamentarios.

 

Se ha vuelto muy difícil, en nuestros días, afirmar su identidad cristiana en el seno del primer partido político de Francia. Algunas personalidades socialistas que nos han afirmado su adhesión a nuestro llamamiento (ver p. 3), no lo han firmado por miedo a revelar su fe o a molestar al amigo Lionel. Estos bloqueos no son extensivos a todo el aparato del Estado. Funcionarios como Alain Boyer, secretario general de la prefectu­ra del Puy de Dôme[4] tienen una visión más abierta de las cosas: «El verdadero laicismo no es antirreligioso, e incluso ni siquiera extraño a las religiones. El verdadero laicismo es el respeto y tolerancia que permite la fraternidad republicana, integrándose los valores espirituales y la aportación cultural de todas las religiones». Para escuchar otro discurso razonable hay que mirar, todavía más sorprendente, del lado del Partido Comunista. «Los cristianismos han constituido y constituyen una parte importante y no soslayable de la historia social y cultural de la humani­dad y, muy particularmente, de Francia». Así habla el historiador Antoine Casanova, responsable en el PCF de las relaciones con el mundo religioso, con motivo  de la inauguración, en la plaza del coronel Fabien, de la exposición «Jesús y la humanidad, tercer milenio», iniciativa que ya hubo de encajar los sarcasmos del hombre de Matignon.

 

Socialistas intrigados por el retorno de lo religioso. Comunistas que extienden su mano a Jesús... Curioso vuelco de la historia que no deja de interrogarnos en Témoignage chrétien."

 

Además, ha habido algunas intervenciones brillantes de distintos intelectuales franceses bien en forma de artículo como de entrevista. A continuación traducimos los más relevantes.

 

6. Charles-Marie Guillet, teólogo: "¡No tenga miedo, Sr. Jospin!"

 

Confieso haber sufrido, al enterarme de la restricción "jospiniana", un importante acceso de cólera. Me acordaba de la definición de Nietzsche de la filosofía: trabajar para desacreditar la estupidez. Me fastidia bastante el pensar esto en relación con M. Jospin. Me gustaría solamente decirle dos cosas que se añadirán, quizás, a su comentario:

 

1/ Gracias, Sr. Jospin, por recordarnos que tanto la teocracia como el clericalismo deben ser rechazados. No han conseguido para Europa todos los beneficios (cabría, de todos modos, discutir esto más despacio). Gracias, pues, por invitarnos a rechazar todo dogmatismo.

 

2/ No obstante, repase un poco la historia, no solo de los acontecimientos sino, también, del pensamiento cristiano. Podría encontrarse gentes (yo mismo, sin ir más lejos) que afirman sin complejos que su Dios cristiano es laico. No obliga a nada; su creación misma es un llamamiento a una existencia libre, tanto en el pensar como en el actuar. Y, por consiguiente, el creyente que yo soy no tiene ni el deseo ni los medios de imponer nada a los demás: no puede más que proponer, quizás muy vigorosamente y junto con otros, cuanto le anima en la inmanencia de su conciencia privada, también en la pública expresión de una fe que no es para él lugar de sacristía... Por tanto, no tenga Vd. miedo, M.Jospin: los cristianos de hoy no son ya, eso espero, unos dogmáticos, ni en el plano de lo que se llama lo religioso ni en el de los problemas de la sociedad... incluso en las cuestiones que ocupan actualmente su trabajo, que es también el nuestro. El Evangelio que yo trato de vivir no me da ninguna fórmula en particular sobre estos últimos puntos; sino un sentido y un incesante cuestionamiento en la búsqueda colectiva, dependiente y responsable, con todos mis conciudada­nos; esta fe me impide inciensar demasiado rápidamente las soluciones nunca totalmente definitivas; al mismo tiempo, esta fe me impide jurar fidelidad al recién llegado. No tenga Vd., pues, ningún temor. Los cristianos consecuentes, en Europa, no pueden hacer otra cosa que revitalizar una república laica: no tienen ganas de dominar, sino de servir. El religioso cristiano no es un espantapájaros; antes bien, le impediría a Europa el dejarse caer en el sueño. El sueño dogmático, ya lo sabe Vd. (pero ¡dígalo claramente!) no ha sido desgraciadamente en nuestro siglo privilegio de los cristianos». 

 

7. Bernard Ginisty: «Sólo Dios es laico»

 

Si algunos, con Voltaire, piensan que es necesario «aplastar al infame» -efectivamente, en las religiones hay páginas de infamia- sería igualmente necesario que se esforzasen en conocer a su adversario, antes de cobrar los dividendos intelectuales de su crítica.

 

La iniciativa del gobierno francés de hacer retirar la referencia religiosa en el enunciado del legado europeo plantea una cuestión muy sencilla que algunos se han apresurado a mezclar con otros envites. Sí o no, ¿las religiones instituídas están integradas en el legado común de los europeos? Es una cuestión de historia, de cultura y de conocimiento de nosotros mismos. Yo soy de los que piensan que es, a la vez, ilusorio e insano el querer rechazar esta parte del legado. Ilusorio porque, a cada paso que se dé en la cultura, en el espacio geográfico o en la historia de las instituciones en Europa, es imposible comprender nada si se ignoran las problemá­ticas habidas en las grandes religiones, en particular los legados judío y cristiano. Insano porque, si no se tiene la responsabilidad del legado con que uno se encuentra, sino la de saber qué hacer con él, resulta en todos los casos irresponsable y peligroso el querer negar lo que uno recibe. Recordemos aquí estas líneas de Henri Atlan: «No podemos hacer otra cosa más que ir por delante en el pensamiento crítico. Pero éste no puede ser hoy más que la crítica de la crítica. Y aquí las enseñanzas tradicionales no-occidentales son de gran utilidad; no, por cierto, como justificación a la regresión y al encierro pre-crítico, sino como medios de distanciación y de intercrítica, institución de múltiples centros que permitan a cada uno el resultar descentrados respecto de los demás».[5]

 

Espiritualidad y religión.

 

No se trata de invocar el legado religioso de Europa para traer al buen pueblo a la iglesia, al templo o a la sinagoga, o bien, como se ha dicho por aquí y por allá, para servir la sopa a las democracias cristianas europeas, sino para enfrentarse y apoderarse de lo que siglos de reflexiones, de experiencias místicas y de controversias han aportado. Es cierto que el pensamiento mediático medio tiene la virtud de simplificar todo esto en estereotipos. Cuando se habla de cristianismo, se sobreentiende católico, la palabra católico se reduce a continua­ción a la persona de Juan Pablo II, ¡y este último tiene sus posturas ya tomadas sobre las cuestiones sexuales! Tal es el digest medio de la cultura religiosa en materia de cristianismo.

 

El legado europeo incluye, para bien o para mal, a las religiones, lenguas maternas propiamente dichas, apoyadas en tradiciones milenarias y encuadradas por sus jerarquías. El judaísmo, el cristianismo y, en una menor medida, el islam, forman indiscutiblemente parte de este legado. El querer negarlo en nombre de una espiritualidad con un contenido vago e indife­renciado es tratar de adjudicarse a buen precio un alma hermosa. La espiritualidad estaría, hay que suponerlo, exenta de todas las taras dogmáticas, inquisitoriales y clericales de las religiones y se situaría en un universo aséptico. La espiritualidad no define un contenido, sino una actitud, una «postura», como diría Ricoeur, que consiste para un ser humano, a partir de su legado, en aceptar la responsabilidad personal de cuanto cree, retomando por su cuenta el gesto de Abraham, que partió de lo que conocía para dirigirse a donde no conocía nada.

 

Reivindicar el legado religioso de Europa es decir que los grandes debates teológicos, que han consumido siglos de pensamiento, de arte y de mística, siguen siendo actuales: los de la naturaleza y de la gracia, de la razón y de la fe, de un Dios único y trino, de las dos ciudades de Agustín, de la salvación con Pascal, Kierkegaard o Bernanos... Que el pensa­miento de Rachi de Troyes y la gran tradición talmúdica no dejen de ser fuentes de inspiración como lo ha mostrado admirablemente Emmanuel Lévinas. Alain Badiou, filósofo que defiende su ateísmo, ha escrito una de las mejores obras recientes sobre san Pablo[6], que se inscribe en lo que él llama su «búsqueda de una nueva figura militante, llamada a suceder a la que pusieron en pie, a principio de siglo, Lenin y los bolcheviques». ¡Hay para que se desesperen las restantes tropas militantes! Cuando escribe: «nos corresponde el fundar un materialismo de la gracia mediante la idea, simple y fuerte, de que toda existencia puede un día verse transfigurada por lo que acontezca, y dedicarse, desde entonces, a lo que vale para todos o, como dice Pablo magníficamente, hacerse todo para todos», confirma hasta qué punto el corpus paulino puede ser fuente de inspiración para nuestros contemporá­neos.

 

¿Estaríamos definitivamente vacunados contra toda relación con el legado religioso a la vista de los fundamentalis­mos y de los clericalismos? Aunque hayamos sido sorprendidos en flagrante delito de idolatría estúpida, no hay porqué ensalzar la estupidez mediática. No basta el romper ruidosamente los ídolos para liberarse de la superdedicación en que hemos incurrido. Ni creerse liberado de las religiones porque se ha puesto uno a sueldo de su crítica. Quizás haya que recordar aquí la frase de Pascal: «el ateísmo, señal de fuerza de espíritu, pero sólo hasta un cierto punto».

 

El laicismo, «asidero».

 

El laicismo no es un refugio para exclaustrados que no terminan de liberarse de un pasado beato en sus variantes religiosa, política o ideológica. Es el espacio de lo que Habermas llama ética de la discusión donde cada uno puede hacer la prueba personal de aquello en lo que cree. En este sentido, es un espacio espiritual. Al ser humano, tentado por el cortocir­cuito entre su deseo, su Eros, y los recuerdos que proceden de su tradición, su Mythos, le recuerda la función mediadora de la razón, el Logos. Es aquí donde el laicismo sirve de asidero contra los escapes sectarios y fundamentalistas. Los primeros en abrir este espacio fueron los teólogos, quienes, utilizando conceptos tomados de los filósofos de su tiempo, no han dejado de luchar contra este peligroso cortocircuito entre el deseo y el contenido de la tradición, muy a menudo favorecido por los poderes clericales e ideológicos. Lejos de rechazar este pasado religioso, componente de nuestro legado, el espacio laico debe apropiarse las problemáticas de las religiones, precisamente para no dejárselas a los diferentes clericalismos y a otros Ratzinger. Desde este punto de vista debiera haber un gran interés en que las universidades laicas francesas creen faculta­des de teología comparada.

 

Al reaccionar contra las tentaciones de intoleran­cia de las religiones, el laicismo contribuye a remitirlas a su vocación fundamental de despertar a los hombres a la espirituali­dad. Pero creer que llegaría a ocupar un lugar que excedería y superaría a todas las lenguas maternas históricas del sentido y de la espiritualidad, ello equivaldría a querer anular la historia e igualarse a lo universal. Y, finalmente, a sustituir un clericalismo por otro.

 

Si Dios existe, es el Dios de todos los hombres y, en este sentido, es el único «laico», como lo afirmaba en el siglo pasado el pastor Tommy Fallot, fundador del Cristianismo social: «Sólo Dios es laico; desgraciadamente, el hombre sufre enfermedades religiosas, clericalmente transmisibles». Se puede lamentar que no hablemos las mismas lenguas para hablar de la vida y de la muerte, del sentido y de lo absurdo, de la enferme­dad y de la gracia, pero es difícil pensar sin la mediación concreta de una lengua. Solo Dios es laico pues, todos los místicos lo corroboran, se sitúa más allá de las lenguas que lo dicen y de los sentimientos de los creyentes que le veneran. Esta distancia no significa que sea preciso tirar al almacén de accesorios fuera de uso el legado de las religiones, sino que no hay que dejar de interrogarlas. Salvo si se quiere transformarse en un clericalimo del pensamiento religioso cero, identificándose con una universalidad abstracta, el laicismo francés es hoy suficientemente adulto para no temer asumir la totalidad del legado propiciado por la historia.

 

8. Alain Touraine: "Defensa laica del cristianismo"

 

En un país en el que tantas minorías logran ser reconocidas, en el que tantas creencias e Iglesias son aceptadas, ¿por qué la antigua mayoría católica, hoy minoría, puede expresarse públicamente cada vez menos y, sobre todo, reivindicar la memoria católica de un país cuya cultura estuvo impregnada profundamente y durante largo tiempo por el cristia­nismo? Es fácil contestar que este juicio es más provocador que real; que la Iglesia católica se expresa más a menudo que cualquier otra confesión y que el papa se ha convertido en una personalidad carismática y mediática sin rival.

 

Esta respuesta es insuficiente. Lo que amenaza a la «mayoría» católica y a la memoria histórica que le ha dado a Francia, podría muy bien ser una concepción agresiva del laicismo que ha tratado, con éxito, de apartar de la vida pública, y en particular de la escuela, toda referencia a la vida religiosa y, sobre todo, a la Iglesia católica. Ahora que tantas voces oficiales denuncian el comunitarismo y recuerdan con elogio el «modelo republicano francés», éste está a un paso de atentar contra los derechos de las minorías y, todavía más, contra los de quienes fueron mayoría. Deseemos, pues, que un mayor respeto a las minorías y, por tanto, a la diversidad de creencias y de culturas, dé lugar a una mayor atención y, me atrevo a decirlo como laico, un mayor apego a la historia y a la realidad católica de Francia.

 

No se trata de pedir para el catolicismo un estatus de minoría protegida, al igual que el budismo o el islam. Se trata de reconocer que el cristianismo ha tenido, en Europa y durante mucho tiempo, un estatus de mayoría e, inclusive, de religión de Estado.

 

(Alain Touraine, sociólogo, escribió esto en Ouest France de 4 enero de 2001)

 

9. Entrevista a Jean-Louis Schlegel: «El gobierno actual es uno de los más no-religiosos»

 

Jean-Louis Schlegel es Filósofo, editor de Seuil, miembro del comité director de la revista Esprit y firmante del llamamiento de TÉMOIGNANE CHRÉTIEN.

 

Pregunta: ¿El gobierno Jospin tiene un problema con el laicismo?

 

Respuesta: Entre los últimos gobiernos, lo considero como uno de los más a-religiosos. Tiende a marginar totalmente las religiones de este país. Sobre las grandes leyes éticas, su opinión no cuenta para nada. El grito de protesta de una feminista tiene más eco ante el Primer ministro que una protesta de Monseñor Billé. En relación con la Carta europea, la intervención francesa está totalmente fuera de lugar. Los monoteísmos son arrojados a la vaguedad más absoluta de lo espiritual que cubre la noche en la que todos los gatos son pardos. La opinión de las religiones, los valores y las convicciones cristianas no cuentan más que para la galería. En caso de conflictos, como en el Medio Oriente, se les llama para la foto.

 

P: ¿Por qué esta actitud del gobierno?

 

R: ¿Creerá que las religiones no tienen ninguna influencia en la sociedad? Sería discutible. La mayoría de los ministros están muy lejos de las cuestiones religiosas. Sus convicciones son las de la generación del 68, que se ha dado «de baja» de todo. Yo les respeto, pero que respeten ellos a los demás.

 

P: En Francia, ¿cómo se puede considerar hoy a las religiones?

 

R: Unas veces se dice que pertenecen al pasado, o que no suponen ningún interés para los valores de un país. Otras veces se dice que la ignorancia religiosa es más peligrosa que todo lo demás, porque da lugar a los integrismos, y que hay que remediarlo, en especial a través de la escuela. El laicismo es la gestión de la pluralidad de concepciones. Más que una neutralidad que oculta las conviccio­nes, fuente de pasiones, se debe favorecer lo que tenga sentido y que estructure a las personas y a las sociedades.

 

10. Más comentarios editoriales de Témoignane Chrétien a propósito del debate: "A Francia le duele su laicismo"

 

Los clericalismos del pensamiento cero.

 

«Navegamos constantemente entre dos curas: los curas laicos y los curas eclesiásticos; los curas clericales anticlericales, y los curas clericales clericales; los curas laicos que niegan lo eterno de lo temporal [...], y los curas eclesiásticos que niegan lo temporal de lo eterno».[7] Estas líneas de Charles Péguy ilustran perfectamente las cábalas de los fieles que agitan periódicamente a la República. El sentido del llamamiento de TÉMOIGNANE CHRÉTIEN, cuya historia entera demuestra su resistencia a «los curas eclesiásticos», es afirmar que la riqueza de la democracia pasa por la discusión, no por el rechazo, de las razones de vivir juntos que inspiran a los ciudadanos.

 

No es un simple asunto semántico el haber sustituido la palabra «religión» por la palabra «espiritual» en el preámbulo de la Carta europea: se trata exactamente de un acto de rechazo. Querer ignorar oficialmente que hay grandes religio­nes que forman parte del legado fundamental de Europa para bien o, quizás, para mal, no es simplemente incultura. Es negarse a reconocer, aunque solo fuera para distanciarse y hacerlo frente, hasta qué punto nuestra modernidad ha sido moldeada por siglos de cultura religiosa. El concepto mismo de laico procede de una teología clerical de la sociedad. El exiliar las expresiones históricas de las religiones y su patrimonio simbólico fuera del campo del laicismo es arriesgarse a ver resurgir de forma salvaje lo religioso. No habrá que extrañarse de que la República vea entonces multiplicarse las sectas y se precipite hacia las Iglesias instituidas para pedirles ayuda para distinguir entre sectas y religión.

 

El laicismo no es un universo aséptico que nos ahorraría el afirmar en un debate público nuestras razones de vivir, de amar y de construir una sociedad. Los grandes fundado­res del laicismo, de quienes Pierre Pierrard acaba de darnos una magnífica antología[8] eran anticlericales convencidos, no porque fueran irreligiosos, sino porque sus exigencias espirituales eran más fuertes que las de los clericales. Siempre se encontrará a Témoignane Chrétien junto a aquellos que pelean contra la intrusión de los clericalismos religiosos en la vida de la ciudad. Pero no es para ponerse al servicio de los clericalismos del "pensamiento cero" por lo que los compromisos públicos religiosos deberían estar ausentes del espacio público.

 

Al liberarse de la expansión clerical, la sociedad no ha clausurado el debate sobre las grandes opciones que median en la vida, sino que lo ha situado dentro de cada ciudadano. El laicismo constituye el espacio donde cada uno puede aventurar su propio discurso en lugar de permanecer ahogado en el pseudo-con­senso de un pensamiento único cuyo vacío se llena con la religión mercantil. Paul Ricoeur nos invita a huir de este lamentable consenso mediante «la práctica del disentimiento, llevada a cabo a través de una ética de la discusión». Continúa: «Hay un núcleo de lo poético, que es lo sagrado, lo religioso, la palabra original. Esto es asunto de las convicciones. Y el problema de la comunidad política es poder compartir esta convicción traduciéndola a la lengua de cada uno, a su filosofía y a su libertad laica».[9]

 

11. Entrevista a Marcel Gauchet: «Ya no hay peligro de cristiandad a nuestro alrededor»

 

Marcel Gauchet es Sociólogo, filósofo e historiador del hecho religioso, Marcel Gauchet es también uno de los animadores de la revista «Le Débat». Agnóstico y comprometido en el diálogo con los creyentes, está en los primeros puestos de la revolución de las formas de creer que ponen en duda la concepción tradicional del laicismo.

 

Pregunta: Algunos paladines intransigentes del laicismo reprochan a nuestro llamamiento el no tener en cuenta la apertura señalada por la sustitución de la palabra «religioso» por la palabra «e­spiritual» en la Carta de los derechos fundamentales en Europa. ¿Qué piensa Vd. de ello?

 

Respuesta: Este argumento es un sofisma defensivo. Hasta una más amplia información, las religiones son elementos constituti­vos de la historia y del patrimonio de Europa. En realidad estamos frente a una gran torpeza, reveladora de un arcaísmo filosófico y político que, desgraciadamente, perdura. Además de la ecuación personal de Lionel Jospin que, como ya se había podido comprobar, no resulta muy feliz en sus intervenciones históricas, es más que probable que sea una remanencia del viejo anticlericalismo republicano lo que se ha manifestado en esta ocasión. Sigue siendo una componente muy significativa de la izquierda francesa. Más o menos a media luz, normalmente, se despierta cuando, por ejemplo, el papa viene a Francia, o cuando la escuela pasa al primer plano de la actualidad.

 

P: Algunos cristianos reprochan a nuestro llamamiento el alimentar «miedos imaginarios»...

 

R: Yo creo que subestiman el peso de la historia, y en particular las secuelas, siempre actuales, del contencioso entre la República francesa y la Iglesia católica. Yo creo, también, que minusvaloran demasiado la importancia sociológica del catolicismo. A pesar de cuanto se ha dicho sobre su disminución, el catolicismo sigue siendo, y por mucho, la principal fuerza religiosa de nuestro país. Es cierto que está muy debilitada respecto a lo que fue, pero sigue siendo una componente importan­te de la sociedad francesa. Y yo añadiría: ¡sobre todo, en la izquierda! Pues si se suprimieran los católicos de entre los fieles al Sr. Jospin, ¡pienso que habría muchos huecos en sus filas!

 

P: ¿Quiere Vd. decir que los socialistas son ingratos con los católicos?

 

R: Quiero simplemente recordar que el escoramiento hacia la izquierda de una parte significativa de los católicos franceses ha sido una de las grandes evoluciones de fondo de la sociedad francesa contemporánea. Sobre muchos temas se puede sostener, quizás forzando un poco los trazos, que las ideas de la izquierda católica son las mismas que pone en práctica la izquierda republicana que está actualmente en el poder: por ejemplo, el asociar un liberalismo gestionario con una política de redistribución social. Pero para hacer olvidar su viraje programático y sus concesiones a las leyes fatales de la economía liberal, la izquierda republicana se ha buscado un alma suplemen­taria: la liberación de las costumbres.

 

P: ¡Nuevo tema de discordia con la Iglesia católica!

 

R: Sí, es una pelea suplementaria que dura desde hace unos treinta años. La actitud crítica de la Iglesia católica sobre las cuestiones de costumbres y, en especial, sobre la moral sexual, ha hecho de ella una especie de vomitivo periodístico automático. Se la presenta como pasada de moda, retrógrada respecto de la reivindicación de libertad hedonista que justifica al individuo contemporáneo y que la izquierda de los negocios apoya. Esta oposición de la Iglesia es, evidentemente, explotada por los últimos representantes de un anticlericalismo, como mínimo anacrónico. Querrían hacer creer que la Iglesia católica tiene todavía los medios de gobernar a la sociedad entera, como en los tiempos ya pasados de la cristiandad. Estos supuestos defenso­res del laicismo no son respetuosos con el pluralismo cultural que caracteriza ahora a nuestras sociedades democráticas: una cantidad cada vez mayor de gente lo experimenta cotidianamente en su calle, en su barrio, en su negocio: en realidad estos paladines de una concepción estrecha del laicismo no admiten que otros piensen de forma diferente.

 

P: ¡También los católicos tienen sus arcanos!

 

R: Por supuesto, son clérigos, o laicos, que creen que su Iglesia ofrece un modelo de sociedad ideal para este mundo. Estos nostálgicos de la cristiandad están, más bien, en trance de desaparecer. La incultura religiosa que caracteriza a los laicistas tiene, por otro lado, su equivalencia en los medios católicos, donde hace estragos un desconocimiento grande del mundo contemporáneo que les rodea. Pero yo creo que ya lo van descubriendo.

 

P: Volvamos a la izquierda: el PCF ha organizado recientemente una exposición sobre Jesús. ¿Estará más abierto a los cristianos, y a las religiones en general, que el PS?           

 

R: Se impone una constatación: el PS se ha hecho un partido «pequeño burgués», como se decía antaño. Un partido que, como otros muchos, se nutre fundamentalmente de los jubilados. Un partido, finalmente, en que la idea de la «Repúbli­ca enseñante e institutriz» permanece todavía viva entre sus bases. Es una de las razones de la persistencia de una vieja corriente laicista en el PS. Lo que sucede en el PCF es, por el contrario, un fenómeno de fondo que merece que se le conceda atención, pues afecta a todos aquellos que siguen apegados a la idea de transformación social. Lo que no se dice de esta profunda mutación, que está en curso y va a revolucionar las antiguas escisiones entre laicos y religiosos, creyentes y no creyentes, podría formularse así: los materialistas se están haciendo espiritualistas.

 

P: ¿Qué quiere Vd decir?

 

R: Los comunistas, a diferencia de los socialistas, parecen mantener sus objetivos iniciales de transformar las relaciones sociales y proponer una alternativa al sistema económico liberal. Saben por experiencia que la lucha de clases puede eventualmente desembocar en compromisos que requieren de un Estado-providencia, sin cambiar en nada la naturaleza profunda de las relaciones sociales. Comprueban así el análisis de Marx según el cual el capitalismo engendra siempre más capitalismo, siempre que se acepten transacciones y evoluciones de todas clases. La actual mundialización de los intercambios puede servir de ejemplo. Las transformaciones de orden filosófico que, al parecer, los comunistas están viviendo proceden de una toma de conciencia: la única fuerza capaz de transformar el mundo y de actuar en él de forma significativa es de orden espiritual. Se trata de tener en cuenta los fines superiores y las creencias, tanto si son religiosas como si no, que en el interior de cada individuo puedan superar la parte trivial que todos llevamos dentro. Trivialidad que la sociedad consumista que nos rodea, ayudada por el poder mediático, no cesa de halagar, de estimular y de explotar.

 

P: Dicho de otro modo, los actuales debates sobre el laicismo ¿le parecen a Vd totalmente superados por la evolución de las mentalidades de nuestros contemporáneos?

 

R: Totalmente. Ya no hay ningún peligro de cristian­dad a nuestro alrededor. En cambio la separación entre lo espiritual y lo político, que hace de todo creyente un ciudadano como los demás, no es ya absoluta. Dicho de otro modo, hay valores superiores que cada individuo tiene en consideración, que inciden en su comportamiento y en sus compromisos en la ciudad. Considero, por ejemplo, que todo cristiano digno de este nombre entiende que la economía no es más que un medio; que su finalidad es servir a la dignidad moral de la humanidad. Como agnóstico, tengo la misma convicción. Esa fe me hace solidario de los cristianos que comparten esta convicción. Nuestros contemporáneos están así tomando conciencia de que no se determina uno nunca más que a través de la pura razón. Y que una parte de las realidades a las que se presta adhesión pertenece al orden de lo invisible, y que sólo resulta accesible por medio de la creencia. Ningún investigador nos puede decir hoy en qué momento el embrión humano es una persona virtual.

 

Se está ahí, evidentemente, en el orden de lo plausible, de la creencia. Estas creencias no tienen nada que ver con pertenencias, religiosas o no. Pero comprometen a los filósofos de lo humano. ¿Cómo inyectar sentido, moral, fines superiores en nuestras sociedades y en nuestras democracias que tanto lo necesitan? He aquí el envite mayor de los años próximos. Debería cerrar definitivamente la guerra franco-francesa entre los que creen en el Cielo y los que no creen en él.

 

Este último sarcasmo de Marcel Gauchet criticando que el debate laicidad-laicismo es exclusivamente francés, "franco-francés" podría ser aplicado en parte a la situación española. En efecto, el debate en general está más avanzado que en esta provincia y no es el coletazo de una de las últimas disputas de la modernidad sino que el debate sobre el papel público de las religiones es una de las cuestiones centrales para deliberar qué arquitectura de la convivencia y qué anchura de democracia van a acoger nuestra ciudadanía.

 

Traducción de los textos en francés: Ramón Ruiz Morales

 


 

[1] El artículo se halla en el nº 288 de enero-marzo 1999 y también puede obtenerse en la sección de documentos de la web http://www.psoe.es/NuevasPoliticas-NuevosTiempos/Cristianos/PRINCIPAL.htm.

[2] Textos recogidos de  las páginas del semanario francés Témoignane Chrétien en sus números de diciembre de 2000 a enero de 2001 y traducidos y publicados con permiso de Témoignane Chrétien.

    [3] Ver al lado de este texto «¡Conforme con la espirituali­dad!»

    [4] Inauguración del centro diocesano de pastoral, este 27 de octubre. El Sr Boyer era anteriormente consejero de Jean-Pierre Chevènement sobre religiones.

    [5] Todo no puede ser educación y verdad, por Henri Atlan, Le Seuil, 1991, pp. 53-54.

    [6] San Pablo, la fundación del universalismo, por Alain Badiou, PUF, París 1997.

    [7] Dialogue de l'histoire et de l'âme charnelle por Charles Péguy, en Oeuvres en prose complètes, Editions la Pléiade, Tomo III, París, 1992, p. 668.

    [8] Antología del humanismo laico por Pierre Pierrard, Albin Michel, 2000. Ver Témoignane Chrétien nº 2937 del 19 de Octubre 2000.

    [9] Lo único y lo singular, diálogos de Paul Ricoeur con Edmond BlatTémoignane Chrétienhen, Alice éditions, Bruselas, 1999, p. 73.