TEOLOGÍA Y “SENY”
Por Antonio Duato
Entrevista a JOSÉ MARÍA ROVIRA BELLOSO
Quienes hemos estado tantas horas con José María Rovira Belloso (Barcelona, 1926, Catedrático de Teología) intentando iluminar los problemas más peliagudos de la Iglesia y de la sociedad, recordaremos ese gesto de extender las manos con el lápiz, mirar hacia arriba concentrándose, esperar el silencio de los otros y terciar en la discusión con algo así: “Esto es exactamente como lo que le pasa al Barça…”. Y a partir de ese ejemplo aclarar el problema de una manera absolutamente diáfana. Teología y seny, inteligencia y ternura. Esto será siempre para mí José María. Tras varios años sin vernos nos hemos vuelto a encontrar para esta conversación de viejos amigos, tal vez un poco nostálgica, a la que van a estar presentes los lectores de Iglesia Viva. Esta vez no ha sido como tantas veces en el despacho de su casa en la calle Bruc, rodeados de libros y recuerdos, atendidos por la discreta amabilidad de su hermana Asun. Ha querido él venir a Valencia y, tras una fideuá en la playa invitado por Josep Antoni Comes, nos hemos sentado a conversar en la sede de Iglesia Viva…
–Nos conocimos, José María, en Roma, en 1953, en el Colegio Español y en la Universidad Gregoriana. Tú habías acabado Teología y te habías ordenado en aquella promoción que inmortalizó Martín Descalzo en “Un cura se confiesa”. Yo acababa de llegar para empezar Teología. Muchas veces he vuelto a aquellos años de Roma, todavía del preconcilio pero con maestros que nos enseñaban ya una teología renovada. ¿Cómo ves tú ahora aquellos años y aquellos profesores?
Remontarse a los estudios de la Gregoriana es algo agradable. Hay que empezar por el marco. Pío XII representaba la modernidad tradicional o la tradición ornamentada con detalles modernos. El uso de la máquina de afeitar y la máquina blanca de escribir eran los emblemas. Otro símbolo es la iglesia de San Eugenio Papa, inaugurada hacia 1951 y que ahora es del Opus Dei. Es un templo absolutamente tradicional pero estilizado, de acuerdo con un gusto moderno. Pío XII tenía esta sintonía hacia lo moderno, la cual provocó algunos cambios. Por ejemplo el de la disciplina del ayuno eucarístico. Nuestro profesor Hürt le hizo una ley complicadísima, pero lo importante es que esta ley establecía cambios en cuestiones que parecían intocables y que nosotros estábamos acostumbrados a aceptar como tabús. Me acuerdo de la llegada a Roma a las doce de la noche, cansados, sedientos, pero sin tomar ni una gota de agua para poder comulgar al día siguiente. Aquella reforma significaba una humanización en la disciplina sacramental e indicaba una dirección. Y la otra gran novedad fue la restauración de la Vigilia Pascual.
Los profesores de la Gregoriana que nosotros encontramos en aquellos años estaban también en un plan de modernización tradicional. Recuerdo sobre todo a la pareja que daba el curso sobre creación, pecado original y gracia: Maurizio Flick, italianísimo a pesar del apellido alemán y Zoltan Alszeghy, de origen húngaro. Alszeghy era realmente original pues enfocaba todos los temas teológicos desde un punto de vista histórico con unas introducciones a cada uno de los capítulos francamente novedosas. Mi profesor y director de tesis, Juan Alfaro, había recibido también este sentido histórico precisamente de Henri De Lubac. Alfaro era un hombre bueno, muy honesto, siempre en búsqueda de la ultimissima profunditas. Su disciplina académica le impelía a llegar a la última profundidad teórica a través de una investigación histórica. A Bernard Lonergan no lo tuve, es un poco posterior. Pero lo pongo en el mismo rasero de esa orientación histórica que dominaba en la Gregoriana. Lonergan, en vez de interpretar a Santo Tomás a través de Juan de Santo Tomás, de los Salmanticenses y otros comentaristas escolásticos, retrotraía históricamente a Tomás y lo interpretaba a través de Aristóteles. Este era su secreto y su fuerza. Y aunque de esta manera presentaba un Tomás más seco que un bacalao, porque le faltaba la dulzura platónica que también tiene Tomás, representaba una revolución metodológica, que ha sido la clave de su éxito posterior en medios filosóficos extraeclesiásticos.Otro gran teólogo de la Gregoriana fue el P. Lennerz. El estudio y las clases que hizo sobre Trento me marcaron muchísimo. Entonces no se hablaba de hermenéutica, pero en Lennerz se iniciaba un análisis casi hermenéutico del Concilio de Trento. Y a estos hay que añadir los antiguos pesos pesados de la tradición como Tromp, con “su” encíclica (el origen fáctico de las encíclicas ha sido siempre bien conocido en Roma) Mystici Corporis Christi, aprovechada para intentar zanjar su disputa intramuros con Timoteo Zapelena sobre el momento en que nace la Iglesia, si en la Cruz o en Pentecostés…
A este recuerdo de la Gregoriana hay que añadir el del Colegio Español de Roma. Allí se notaba mucho más el peso de lo nacional-católico. Era, por decirlo así, un nacionalcatolicismo light, “con alas”. Estabas en la jaula pero de vez en cuando salías a dar una vuelta. Esta vuelta queda simbolizada por un semanario que se publicaba en Salamanca y que se llamaba INCUNABLE, en el que tenía mucha influencia José María Javierre, y luego por unos cuadernos de poesía que nacieron en el Colegio Español y que se llamaban ESTRÍA. Ahí se volcaba la poesía de José Luis Martín Descalzo, compañero mío de ordenación, de Cabodevilla, de Montalvillo Vadillo y del entrañable, muy valioso, García Amor. Era un movimiento literario de acuerdo, a buen seguro, con la línea de la modernidad tradicional. Un día vino al Colegio José María Valverde y José María Javierre, en un éxtasis de alegría, exclamó: “¡estamos cortados de la misma tela!”. Lo que no se podía prever en aquel momento es que José Mª Valverde derivaría hacia una izquierda testimonial, y que llegaría a estar próximo al PCC (a la izquierda del PCE de Carrillo y del PSUC de Comín).
Había, por tanto, en el Colegio Español un ambiente de inquietud intelectual estimulante, que estaba muy bien. Pero (no es porque los catalanes queramos hacer rancho a parte), a mí personalmente en aquellos años me influyó mucho más D. Manuel Bonet, que estaba en la Curia de Roma como Auditor de la Rota Romana. La visión eclesiológica y litúrgica de Bonet, que más tarde participó con todas sus fuerzas en el Concilio Vaticano II, era muy interesante y me caló más que el hondo pietismo del Colegio que también recibí positivamente.
–Y al final de aquellos años cincuenta –yo todavía estaba en Roma– estalló la figura de Juan XXIII y del Concilio Vaticano II como una sorpresa esperada…
El concilio como sorpresa esperada… Me gusta esta contraposición de los términos. Porque de alguna manera esperábamos algo, ya para la época de Pío XII. Pero Pío XII había entrado en un proceso de flaqueza física y de disminución de la iniciativa de gobierno. Estaba enfermo, aunque se ocultaba, y aquella promesa de algo hermoso para la Iglesia se quedó incumplida hasta el año 1958 en que fue elegido Juan XXIII. Yo no estaba ya en Roma cuando eligieron a Juan XXIII ni lo vi nunca en directo. Sólo escuché su voz en la grabación de su alocución en la inauguración del Concilio, cuando dice a los asistentes que transmitan a sus hijos la caricia del Papa. Pero creo que si alguien ha influido en mi existencia cristiana ha sido Juan XXIII.
Ahora veo más claramente en qué ha consistido la grandeza de este papa y lo he escrito en un artículo de Sal Terrae y después en Foc Nou en forma más resumida. El que encarnaba el poder supremo de la Iglesia, ese poder ante el cual a veces sentimos perplejidad o temor, se bajaba hasta hacerse del todo humano y acogedor. Juan XXIII tenía autoridad y prueba de ello es que en poco tiempo sacó adelante su proyecto del Concilio contra viento y marea. Pero no ejercía el poder de forma personalista y autoritaria, que avasallara a las personas o no las tuviera en cuenta. Hay cosas conmovedoras de Juan XXIII. El censor más fuerte del Cardenal Roncalli era Domenico Tardini y, cuando Roncalli “diventa papa”, lo nombra Secretario de Estado. Contra todas las leyes de Machiavelo que ahora, al ser párroco, he recordado. Machiavelo dice que tienes que nombrarte tu propio equipo. Y los que no tenemos gente incondicional, no sabemos por dónde tirar. Pero Juan XXIII desautoriza a Machiavelo con su manera de actuar, pues nombra a gente que no eran incondicionales suyos. Una manera de proceder que está muy bien documentada en “Diario del alma” –ese libro paradójico que a veces cae de las manos de puro soso, pero que en conjunto muestra a un gigante de la confianza en Dios– es que mientras era patriarca de Venecia hacía siempre ejercicios con los obispos de la provincia eclesiástica. Tenía un sentido profundo de la colegialidad que no se improvisa. El no tenía amiguetes, sino una nube ingente de testimonios y personas con las que se había cruzado en la vida y con las que interiormente dialogaba sin parar. Por eso Juan XXIII es en sí mismo una lección de vida cristiana y una lección de la eclesiología del Vaticano II.
El Concilio. Al verlo desde ahora, en mi época otoñal, yo veo que el Concilio lleva firma. La firma de Juan XXIII y, en buena parte, la de Pablo VI. Por eso es un Concilio abierto, pero prudente. Quizá demasiado prudente. Pero es un Concilio muy abierto. Para nosotros era el cumplimiento de unos deseos de apertura que se habían ido forjando a lo largo de nuestra etapa de estudios en la Roma de Pío XII.
Pero hubo también sorpresa, sobre todo en dos cosas emblemáticas.
La primera y mayor aportación del Concilio fue el cambio de la atragantada expresión “Iglesia, sociedad perfecta” por la de “Iglesia sacramento de Cristo”. Era un concepto nuevo, aunque estuviera preparado por todo el trabajo de Pío XII-Tromp en la Mystici Corporis. La Lumen Gentium no nace de la nada pero es tremendamente innovadora al definir la Iglesia como visibilidad de Cristo, con un esquema interpretativo que abre a profundos desarrollos eclesiológicos sin variar la esencia y lo principal: el fundamento de Cristo glorioso que se nos ha dado y que continua visible en la historia a través de nosotros, su Iglesia. Cristo es mediador, pero no es un mediador estático entre dos realidades fijadas e inmóviles: Dios y el hombre. Jesús, que viene “en la carne”, puesto que es verdadero hombre, dibuja en el mundo el rostro de Dios. Y, con ello –lo digo sin hegelianismo ninguno– dibuja en la humanidad la historia de Dios que es amor, pues esa historia no es otra sino el acercamiento imprevisible y lleno de amor del Dios vivo a los hombres y mujeres, sus hijos, llamados a la felicidad del Reino (ver las Bienaventuranzas). Hay otro concepto en el Concilio, el de “Iglesia pueblo de Dios”, del que hemos sacado a veces más entusiasmos que consecuencias concretas, pero creo que en el plano teológico y de largo alcance es más fecundo todavía el concepto de “Iglesia sacramento de Cristo”.
Y la segunda gran novedad fue la de la libertad religiosa. Y esto fue más decisivo aún para España, donde el concepto de estado confesional no era sólo un ideal teórico –tesis– que iluminaba la imperfección –hipótesis– de la realidad histórica de múltiples religiones, sino una mentalidad y un proyecto político llamado nacionalcatolicismo, que se derrumbó irremediablemente con el Concilio.
–Tras esta época romana, volvemos a coincidir en los muchos foros y encuentros que se promueven en España para aplicar el Concilio a nuestra realidad, pero sobre todo en IGLESIA VIVA a la que te incorparas tempranamente a partir del año 1971. Han sido muchas horas de diálogo en aquellos consejos de dirección (tu acudías fielmente con el tren a Madrid que nos imponía su centralismo sólo geográfico…) donde se contrastaban ideas con tanta lucidez y sinceridad. ¿Qué representó para ti aquella época y aquel grupo de personas?
Yo te agradezco que me hayas recordado esa temprana incorporación a Iglesia Viva. ¡Hace ya treinta años! Pues bien, como ya lo escribí en una nota muy sentida con ocasión de su muerte, a mí la persona que más me impresionaba era Rafael Belda, ese obispo sin mitra y sin nombramiento. Yo no sé si lo hubiera hecho bien o mal de obispo, pero intencionalmente, tal como se dice que Teresa de Lisieux es una misionera, Belda era un obispo, llevaba sobre sí el peso y la responsabilidad de las iglesias. Junto a él y haciendo un equipo fecundísimo, estaba Ricardo Alberdi, otro gran pastor sin nombramiento, con una inteligencia y una cultura socioeconómica fuera de lo corriente.
El que sí ha sido obispo de lleno es José María Setién, con su gran capacidad dialéctica. Setién es una gran pasión servida por un espíritu muy racional (dialéctico). Es admirable. Yo seré siempre fiel a la amistad con Setién a pesar de que algunos no lo entiendan. Me he visto impelido a escribir en dos ocasiones sobre la integridad pastoral de este obispo y amigo, pues la gente no sigue su dialéctica. Cuando llegan al tercer distingo se pierden y no le entienden, sobre todo si hay un cadáver de por medio y no le pueden mirar a los ojos, inocentes y anhelantes, que a veces es la única manera de comunicarse.
Lo que he dicho de Rafael Belda habría que extenderlo a Joaquín Perea. Siempre me ha extrañado –y mucho– que no le hayan hecho obispo, con su profunda comprensión y amor a la Iglesia. Ahora veo que es el sucesor de Belda en la Presidencia de Iglesia Viva, que continua así en buenas manos. Y junto a él recuerdo a Paco Fontecha, que tanto puso de sí mismo en la celebración de la Asamblea Conjunta de sacerdotes y obispos del año 1972, asamblea que para él fue una ocasión de entrega completa y también una frustración difícil de encajar, pues no se sacaron las consecuencias que cabía esperar del acto más significativo que ha habido en la iglesia española en la línea del postconcilio. Y también el talante no sólo intelectual sino vital de Enrique Freijo Balsebre, que representaba el sector de la pastoral de los universitarios y de la ciencia psicológica.
Más recuerdos. Coincidí también en Iglesia Viva con Adela Cortina y Jesús Conill, ese matrimonio dedicado a la búsqueda de la verdad. Conozco más a Adela, que ha venido además varias veces a la Fundación Joan Maragall de Barcelona. Es un placer oír el discurso seguido, claro, rectilíneo de Adela. Hay que dar gracias a Dios de poder encontrarte con esta inteligencia y esta sensibilidad tan bien unidas que consiguen que el discurso sea suave, claro y firme.
Con Alfonso Álvarez Bolado, mi gran amigo de siempre, ha habido una relación que se podría calificar como complementaria. Cuando él ha sido más místico, yo he sido más racional o preocupado por la política. Cuando él está más contemplativo y más institucional, yo estoy como más inquieto. Y viceversa. Álvarez Bolado es un sustentador de pensamiento. Ha sustentado el discurso de muchos teólogos y obispos, para que pudieran hablar de lo humano en relación con el evangelio y para poder hablar del evangelio con significación humana. Alfonso se ha pasado mucho tiempo pensando y mucho tiempo discurriendo, que es un poco distinto. El discurrir te obliga a saber dónde estás y yo creo que Alfonso ha visto dónde estaba la Iglesia en España y en el posconcilio. Y esto no tiene precio. Se podría comprobar cómo más de un obispo de los moderados y abiertos, en el fondo, es deudor del pensamiento de Álvarez Bolado.
En las cercanías de Iglesia Viva conocí y traté también a un hombre doliente, para mí casi un santo: Fernando Urbina. Era un hombre que estaba como despojado, un hombre en búsqueda de una síntesis total. Era una flecha lanzada al infinito, que desfallecía con inmenso dolor. El pensamiento puro desgasta al sujeto, le hace sufrir, y como Fernando era un hombre de pensamiento puro, que quería alcanzar la verdad con el pensamiento, sufría un tremendo desgajamiento. El pensamiento acaba casi siempre en una aporía, en una paradoja, o mekor, en una contradictio in terminis, en un no saber. Y Fernando no podía soportar ni el no saber ni el saber provisional de la penúltima profunditas. Fernando era un hombre ejemplar en su transparencia y en su profunda ingenuidad. Fernando es un santo de otro tipo que el de la hagiografía corriente. Pero es el santo que se ha encontrado a sí mismo con unas profundas limitaciones, fruto de la educación de la época y que, por decirlo así, ha caído bajo el peso de todas las contradicciones de la sociedad de su tiempo. Es lo que se parece más a una víctima inmolada. Es un compañero de lucha, cuya muerte te sorprende y te duele.
–Yo también asistí como tú, con profundos diálogos, al sufrimiento de Fernando que le llevó a la muerte. Pero creo que lo que más le derrumbó vitalmente fue la involución de la Iglesia a partir de Juan Pablo II que le quitaba el soporte de esperanza de una Iglesia renovada por la que había luchado.
¿Por qué uno la figura de Fernando con la santidad? Porque merecería que se canonizara de una vez para siempre al hombre pobre y anhelante al cual una cuestión puramente teórica le hacía sufrir vitalmente, le abría las carnes. Eso para mí tiene un mérito extraordinario. Fernando sufrió como sufre un mártir.
Pero tras hacer esta aproximación personal y biográfica a los personajes de Iglesia Viva en mi época (no en la posterior donde se han incorporado otras personas de gran valor) quiero decir que este grupo fue un hecho inaudito en la realidad de España. Era una inteligencia colectiva –y libre– que pensaba no sólo la teología sino la inserción sociopolítica de la Iglesia y su relación con el mundo. Si se me pidiera qué significa Iglesia Viva diría que es el la manera de pensarse la Iglesia a sí misma en las sociedades avanzadas. Su carisma ha sido el pensar la relación de la Iglesia con los avatares históricos y el descubrimiento, análisis y enjuiciamiento de los problemas éticos de estos avatares. Aquí eran maestros Setién, Belda, Alberdi y Álvarez Bolado.
–Pero tu vida se desarrollaba en Barcelona, donde no dejabais de tener problemas. Siempre te hemos visto como un hombre comprometido con el presbiterio diocesano y la renovación pastoral de la diócesis.
Pues no me he detenido a pensar mucho en cuál ha sido mi posición en la historia de mi comunidad diocesana. He vivido mi circunstancia de manera directa y espontánea sin muchos planteamientos estratégicos. Pondré un ejemplo. En la época de Don Marcelo yo iba allí como los primeros y formaba parte de una Comisión Asesora. Siempre íbamos con quejas y reinvidicaciones. Era como la leal oposición a Su Majestad. Era una cosa tan ingenua y tan limpia, que una vez que nos encontramos con Don Marcelo, me dijo algo así como: “usted siempre ha sido leal”. Ésto me gustó mucho. Y hace poco nos dimos un abrazo emocionado. Esto fué compatible con decirle repetidamente que era la hora de aprender el catalán. Lo recuerdo como una anécdota entre punzante y agradable. Pero yo estaba más ocupado en las clases de Teología.
–Pero después te comprometiste más con la realidad al ir con Casimir Martí a una parroquia de un barrio obrero sin dejar vuestras clases. Eso tuvo más fuerza testimonial
Eso fue mucho más serio. Eso sí que representó un verdadero contraste de las teorías con la realidad. No había probado lo que era la implantación de la iglesia en un territorio: el hacer lo que hizo Pablo de ir a predicar la buena noticia de Jesús, y a partir de ahí ir construyendo el complejo de relaciones interpersonales que forman una comunidad. Eso intentábamos hacer y, de alguna inicial manera lo hacíamos, con todas las dificultades y con toda la espesura de la realidad, que es capaz de des-idealizar cualquier cosa. En la Parroquia de Santa María del Gornal experimentamos este aparente contraste: por una parte, la Eucaristía del domingo era el eje vertebrador de la pastoral. Por otra, la presencia de la fe no puede encerrarse en el templo, pues la vida de la gente se desarrolla en otros ámbitos y el influjo lo recibe de otros medios. Quiere decir que la gente de la parroquia ha de recibir el evangelio y estar allí donde se vive. No estaban como parroquia sino como cristianos conscientes y libres. Pero, para homologar –por así decir– su presencia actuante en el barrio, se hacía necesario recoger la experiencia de todos y convalidarla en grupo. Esto lo hacíamos en la reunión –prácticamente de oración– en la que se exponían los hechos vividos durante la semana en la luz de contraste del Evangelio contemplado a fondo.
Este era nuestro tema: que en las actividades del barrio no faltara gente de la parroquia. La parroquia tenía como eje la comunidad eucarística y, en las actividades del barrio, no participaba como tal, ni ella misma ni por medio de instituciones oficialmente cristianas. Eso sí, la gente de la parroquia procuraba estar en todos los sectores del barrio como buenos vecinos que eran cristianos. Esto era importante. Oí decir, en este sentido, al párroco de Mollet y a un seglar de esta parroquia: “estamos a todas”. Así es. Es imposible olvidar a las muchísimas personas que han vivido situaciones dramáticas o alegres, pero siempre llenas de sentido.
Un poco en relación con esto, deseo añadir algo relacionado con mi época de Iglesia Viva, que supone un descubrimiento tardío. Siempre he pensado que la acción pastoral de la iglesia estaba constituida por el eje estricto de la oración, la celebración, la predicación y la caridad. Esto me llevó, durante un tiempo, a desconfiar demasiado de las llamadas instituciones cristianas como radio católica, diarios católicos, escuelas católicas, etc… En la práctica, sigo teniendo mis reservas, pero con un correctivo: estamos en un mundo complejo y “mediático”, en el que no se pueden despreciar las “mediaciones” ni los medios de comunicación. Tampoco los que dependen de la Iglesia. Como ejemplo evidente pondría las hojas semanales –puro material para seguir la misa– extendidas por toda Italia. Los demás medios de inspiración cristiana no es obligatorio que sean prensa oficiosa sino que podrían expresar el sentir de diversas sensibilidades cristianas. La cuestión es que la prensa cuenta, la escuela cuenta y. tal como creo haber dejado en claro, las actividades de los cristianos en el barrio o en el pueblo o en la ciudad, cuentan muchísimo.
En resumen: para mi, la Iglesia es la “comunidad de alabanza” como decía san Basilio, pero ello no me lleva a ningún desprecio del mundo sino a bendecirlo: la presencia de los cristianos en la vida es necesaria y, por derivación, no miro negativamente ni mucho menos los medios de comunicación, ni la acción cívica de las llamadas instituciones cristianas que buscan la paz (Comunità di Sant’Egidio) o la acción de las instituciones como Càritas o como los centros educativos de inspiración cristiana, sobre todo cuando van dirigidos a la gente sin medios. Eso sí, cuanto más inmersas en la historia estén estas “instituciones cristianas”, por más que estén ligadas también al nivel escatológico del cual extraen su inspiración, más habrán de purificarse con el correr del tiempo de las ambigüedades que las persiguen; a mayor calidad habrán de aspirar, con oportunos cambios, para desprenderse de las adherencias históricas poco humanas con que las haya recubierto en cada etapa la cultura del tiempo.
Esto sirve para completar o perfeccionar un artículo que escribí en otros tiempos precisamente en Iglesia Viva (Cf. La Iglesia realizada como auténtica comunidad, en Iglesia Viva nº 67/68, Enero Abril, 1977). Personalmente, he estado en los medios de comunicación y, si últimamente descuidé mi participación en la prensa corriente fue porque me absorbió la tarea de párroco de los Ángeles.
–Tú has sido sobre todo un teólogo. ¿Cómo ves la teología hoy? ¿Ves necesidad y futuro para la misma, no sólo como retransmisión del magisterio sino como creación de expresiones de fe?
La fe necesita ser expresada. ¿Por qué hace falta teología? Para entender el conjunto de la Revelación, así como sus puntos particulares y concretos.
a) Hace falta entender la Escritura. También hace falta entender e interpretar las fórmulas conciliares y, en general, las formulaciones de la fe. La revelación es Cristo y, si me apuran mucho, es la muerte y Resurrección de Cristo, su levantamiento a la diestra del Padre con la consiguiente donación del Espíritu. Esto no lo improviso. Lo intento razonar en el largo capítulo primero de la Introducción a la Teología. La revelación tiene, por tanto, una figura decisiva –Jesucristo, que murió y ahora está vivo (cf. Apoc 1, 18)– que, en el último día, esperamos contemplar sin razonamientos, ni signos, ni palabras o fórmulas. Mientras tanto, en el peregrinar a través del tiempo, intentamos entender las palabras, las fórmulas, los signos para poder contemplar la figura central de la revelación: Cristo Jesús, expresión humana de lo que Dios quiere, imagen visible del Dios invisible.
b) Cada vez estoy más convencido de que la fe sin el cauce del amor es imposible, pero, aún así, el acto de entender la figura de la fe no sólo se realiza en el puro éxtasis del amor, sino que implica un mínimo de tomar conciencia racional de los signos y de las palabras de los cuales se vale la revelación de Dios, que desciende a nuestras mentes. Hay, por tanto, un momento de conocimiento –de gnosis– en la fe, tanto por lo que se refiere a la percepción del acontecer de la fe (el descenso de Dios) como por lo que se refiere a la expresión de este evento. Es el momento de la “razón iluminada por la fe”, como dijo el Vaticano I. Quiero advertir, no obstante, que para expresar la fe con claridad intelectual no hace falta pensar, de entrada, en volúmenes indigestos, tipo siglo XVII.
En efecto, todo el “depósito” de la fe puede ser expresado correctamente en una página, en forma de “credo” (profesión de fe). Incluso queda expresado en una frase supersintética, como “Dios es amor”. También, según acabo de decir, puede expresarse en una persona, sin necesidad de palabras y escritos. El objeto de la fe es el Dios invisible que se nos comunica por Jesucristo, en el Espíritu de verdad y de amor. Pero lo invisible necesita de lo visible para expresarse. Y lo visible está compuesto de muchos signos, de muchas palabras, de muchas culturas y de muchas vidas. Este conjunto es el que forma la tradición, que no se puede ignorar aunque no debemos identificarlo con la esencia misma de la fe.
Lo importante es que todo este cúmulo visible de tradiciones, palabras, signos y vidas no oculte lo invisible de la fe (que supone la donación de amor de Dios al hombre y la donación del hombre a Dios) sino que lo revele y ayude a encontrarlo hoy de forma auténtica. Lo invisible es siempre la realidad del Dios vivo, a quien la fe del creyente se entrega con esperanza y afecto. La gran época del barroco expresó esta invisibilidad de una manera peculiar que, ahora, sin resentimiento ni precipitación, hemos de sustituir por formas de expresión y de plegaria más sencillas y decantadas, para que puedan llegar mejor a las personas.
–Y además está la misión del teólogo como animador de las comunidades cristianas en ese trabajo para ir depurando y potenciando la fe.
Es misión de la teología ayudar a ir depurando las fórmulas y maneras de expresarse de la tradición e ir descubriendo su verdadero valor y su capacidad actual de ser rectamente entendidas, buscando y hallando formas cada vez más significativas y auténticas para los hombres de nuestra cultura cientista y posmoderna. Como puedes comprobar, estoy en la línea del Discurso de apertura de Juan XXIII en la inauguración del Concilio Vaticano II. Esta es una tarea necesaria, apasionante, que requiere mucha humildad y oración.
La autoridad de la iglesia interviene para homologar o garantizar la calidad de este trabajo. Para esto hace falta un diálogo lleno de respeto mutuo, marcado por la consideración de que todos “son de los nuestros”, todos formamos parte de la comunidad de la misma fe, de la única Iglesia de Dios. “Barroquizar” –poner en primer plano y ornamentar con mucho énfasis y adornos– el poder del Magisterio de la Iglesia y hacerlo recaer, como una maza, sobre las personas que están en búsqueda teológica, sería desmoralizador para el quehacer teológico. Podría darse un cierto materialismo –acaso fundamentalismo– teológico, si tratáramos tan sólo de ir sumando cuantitativamente dogmas y definiciones, como ladrillos con los que construir el edificio teológico.
Los dogmas existen por dos cosas: primera, porque está el acontecimiento de la fe. Porque algo ha acontecido y hay que narrarlo: el Hijo de Dios se ha hecho realmente hombre. Esto hay que proclamarlo, creerlo, “custodiarlo”, en el sentido de descartar lo que es evidentemente contrario a la aceptación de este evento incarnatorio y pascual. Esta es la segunda cosa que explica la existencia de las formulaciones dogmáticas: que se han ido descartando los grandes errores, las grandes herejías. Por eso, una cosa muy diferente que amontonar materiales dogmáticos, es estructurar estos materiales para hallar su sentido original y el sentido más profundo que para nosotros tienen. Hay que comprender y expresar lo que puede llamarse “el acontecimiento de la fe”, el descenso que, por amor, realiza la divinidad en la encarnación y en la pascua. Para eso, hay que seguir el sentido que se le ha ido dando en cada época al núcleo revelado, lo que lleva a confiar en que esta tradición nos ofrece la simplicidad viva de Dios que se ha manifestado en la humanidad de Jesús de Nazaret.Hay que superar, por tanto, un cierto “materialismo dogmático” según el cual la fe queda prendida en las fórmulas, sin trascender hacia el Dios vivo, hasta lo que podemos conocer de su voluntad de amor. Ahí viene bien el dicho de Tomás de Aquino: “La fe no termina en las fórmulas sino en la realidad [de Dios]”.
Lo que no se puede es liquidar. Liquidar “por alegrías”, irresponsablemente, o “por ideologización”: porque cada uno se fabrica su propio sistema de circuito cerrado en el que no cabe ninguna dialecticidad: la dialéctica viva de “esto sí y esto otro también”. Lo que es auténtica fe, esperanza y amor, esté como esté expresado, es el tesoro de la tradición. Pero hay que ir al fondo, para encontrar la calidad de la fe. Hoy día nos jugamos la calidad de la fe.
–Si no lo entiendo mal, tú no concibes la religión cristiana como una religión dogmática, pero entiendes muy bien que haya dogmas, ¿no es eso?
Exactamente. Hay dogmas porque hay un acontecer de Dios que la fe cristiana descubre y recibe. Dieciocho siglos antes de que Rosmini hablara de la “Historia del Amor”, ya hacia los años 160-170, surge un “Credo” en miniatura que narra la verdadera “historia de Dios”: “[Creo] en Dios Padre omnipotente y en su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo y en el Santo Espíritu Paráclito y en la santa Iglesia y en la remisión de los pecados”. Este Credo, como todos, es una narración histórica y contiene una peculiar historia divina porque narra el secreto de Dios Padre que ha enviado a Jesús, el Hijo encarnado, muerto en la Cruz y vivo para siempre, que nos enviará el Espíritu de la Verdad y del Amor para que seamos hijos de Dios en la comunidad de alabanza. Hay personas –todo mi respeto para ellas– que, ayudados por el Evangelio y la Carta de san Juan, creen en Dios que es Amor y Luz y Vida, pero parece que casi no sepan qué hacer con Jesucristo. Parece que tienen bastante con el Amor. Yo también pongo a Dios que es Amor como principio y fundamento, pero el hecho –la historia– de Cristo, lejos de estorbar mi fe, me ayuda a entender de qué manera (casi tangible, cf. 1 Jn 1, 1) Dios me ama por la mediación de Jesucristo que alienta sobre su comunidad, y sobre cada uno de nosotros, el Espíritu que viene del Padre.
La mediación visible de Jesús en una comunidad de fe, me parece lo más adecuado si de verdad creemos que Dios nos ama. En este sentido, leo precisamente el Evangelio y la Carta de Juan, no tanto como una vida de Jesucristo, sino como el descenso –la vida o la “historia”– de Dios que se refleja en Jesús. Esto es lo que, a través de los siglos, trata de recibir y de expresar la fe de la Iglesia.
–Por tanto no hay nunca una formulación única y definitiva de la fe, pues siempre tendrá un carácter provisional en relación con el lenguaje y cultura donde surge la expresión de fe.
Bien, bien. Pero precisamente porque somos itinerantes, no todo es relativo, puesto que un horizonte real nos atrae. Y, por cierto, este horizonte es el amor más grande, manifestado en la Cruz. Hay que caminar despacio, sin querer quemar etapas y sin perder la ruta. El monje Maur Boix contaba que los montañeros dicen: “quien sube como un viejo, llega como un joven”. Ahí está la utilidad del dogma: descartar los malos caminos, los caminos perdidos. Viene el gnosticismo (porque me parece que la madre de todas las herejías es el pretender conocer a Dios sin conversión personal, ética y religiosa, y eso es gnosticismo) y esos caminos son descartados, porque alejan de la fe verdadera. Viene Arrio, y... lo mismo.
Aquí hay que tener en cuenta que estos falsos caminos están no sólo en las teorías sino en la práctica de la Iglesia. A veces perdemos la cabeza por formular bien a nivel conceptual, y en cambio nos olvidamos del sufrimiento de los pobres. La existencia de los pobres a nuestro lado es el mayor signo y evidencia de la presencia de Dios. Las personas están ante nuestros ojos y en nuestro camino en el lugar de Jesús. Y las personas, prescindiendo de su rango jurídico, prescindiendo de si tienen o no papeles, están ahí como última instancia que juzga nuestro ser cristiano. Hasta nuestro moderado defensor del pueblo en Cataluña, Antón Cañellas, dijo una de las frases más radicales que he oído a propósito de la inmigración: “es una contradicción absurda que existan inmigrantes reales pero que legalmente no existan. Las personas existen antes que los papeles”. Es demasiado fuerte esta contradicción, porque es el choque entre la fuerza de la realidad y el esfuerzo por prescindir de esa realidad. Las personas y los pueblos oprimidos están ahí.Con todo ello estamos viendo cómo en una época de incertidumbre, yo diría de crisis generalizada, encontramos no obstante ciertas pistas que son seguras: la calidad de la fe, la comunidad de la fe, la inclinación de la comunidad de la fe hacia el sufrimiento de la gente para compartirlo, la esperanza contra toda esperanza, la celebración eucarística... Yo creo en ese núcleo.
Ahí es donde he intentado hacer lo que he podido y hacia ahí creo que me ha ido convirtiendo y llevando el Espíritu, porque en el centro de esta rueda está Jesús, y no sólo él sino Dios, el Padre. Nos convertimos personalmente no tanto por las señales indicativas de los dogmas sino porque somos atraídos por una Bondad que nos sobrepasa.
–Más de 40 años desde aquel primer libro que tú estimas mucho, tu tesis, sobre “La visión de Dios según Enrique de Gante”. Después “Trento. Una interpretación teológica”, “Revelación de Dios, salvación del hombre”, tantos más. Y tantos artículos en Revistas –más de veinte en Iglesia Viva– enlazando siempre la teología con la actualidad social y cultural. No te pido que hagas un resumen de tu obra escrita ni que elijas una obra como la preferida. Pero, desde esta visión otoñal como tu dices, cuando ya han empezado a hacerte homenajes como el de la Revista Catalana de Teología y se empieza a estudiar el conjunto de tu obra, ¿podrías señalar tú mismo el “hilo conductor” de tu actividad como teólogo?
¿Sabes qué, Antonio? Que te voy a contestar al hilo de lo que te venía diciendo sobre la teología, sin personalizar demasiado porque me es muy difícil separarme de mí mismo y decir: Rovira ha intentado esto y esto.
Te diría que, en cierto modo, muchos estudiosos de la teología hemos intentado –en la segunda mitad del siglo XX y en la propina que nos ofrece el XXI– ser fieles a los destinatarios de esa teología. Serles fieles, de acuerdo con el título programático de una obra de Bruno Forte: La Teología como memoria, compañía y profecía.
He procurado que, para toda clase de destinatarios, la teología fuera una memoria de Jesús de Nazaret, el Cristo, el Hijo de Dios, que abrió para nosotros el camino de la fe hacia el Reino de Dios y nos dio el Espíritu. Esto puede expresarse en forma académica, y así intenté hacerlo en el libro El misteri de Déu (Tratado de Dios Uno y Trino). Pero, como compañía, la teología ha de acompañar al Pueblo de Dios, en sus alegrías, penas y esperanzas, con un sentido de profunda y cálida humanidad, en forma distinta a los tratados académicos, a fin de poder iluminar las situaciones difíciles y conflictivas, marcadas por el dolor, es decir por la Cruz de Jesús que quiere llevar a nuestra vida la luminosidad del amor más grande. Como profecía, la teología ha de descubrir y mostrar el camino, siempre posible, pero muchas veces difícil que nos lleva al encuentro reconciliado con los otros y con Dios, en el nivel de una nueva esperanza que llega de Dios, contra toda esperanza que viene del mundo. Por eso, en mi “otoño” me gustaría escribir algo hondo sobre Jesucristo y su Evangelio que tuviera como fondo el dolor y la esperanza humanas, aunque sea un fondo siempre presentido y no necesariamente explicitado.
Así, la teología es un carisma en la Iglesia, no sólo una disciplina académica. Ella busca siempre su depurada simplificación para hacerse comunicativa. Así lo intentó durante su vida Juan Luis Ruiz de la Peña, para citar a un teólogo que ya celebra la Pascua eterna. La Teología es como un compás, cuyas puntas señalan el arco comprendido entre este mundo humano, tantas veces demasiado humano, y el Reino de Dios. Las puntas de este compás señalan el drama humano de la libertad que quiere hacerse amiga de Dios, el drama surcado por el mal pero más aún por la esperanza, y señalan también “la otra orilla”, la del Reino presentido. Por eso, no me canso de buscar el nivel teológico en el que me parece que me quiere el Señor.
–¿Y cómo ves el futuro de la Iglesia y de Iglesia Viva en este momento?
La fe es siempre camino hacia el futuro y, no obstante, qué difícil es hablar de este futuro. En él siempre tendrá su parte la edificación de la comunidad cristiana. En el Concilio Provincial Tarraconense se hablaba de opción por la comunidad. A un obispo amigo no le gustó la expresión, como si se tratara de una opción a la moda. Pero era algo más. Opción por la comunidad no significa algo subjetivo. Significa que sin el nacimiento de una comunidad donde se celebre la fe y se viva la caridad, falta algo para el cristianismo. Ahí viene precisamente el sentido de mi catolicismo, mi admisión franca de una iglesia visible que sea signo y no pantalla de la riqueza invisible de los bienes futuros que esperamos. Esto supone la larga marcha hacia ese horizonte de amor que nos atrae. Volvemos, pues, a la condición itinerante de la fe, toda ella en camino hacia su término, el Reino de Dios. Condición itinerante y, a la vez, condición simbólica de la fe, puesto que ella es una pregustación de la tierra prometida, de la plenitud de la justicia, el gozo, el amor y la paz del Reino. Es una pregustación pero no es aún la posesión plena de la tierra prometida. Es camino y puerta estrecha hacia ella.
Otra cosa que quisiera decir con franqueza es que ha habido un gran cambio entre la época que yo viví de Iglesia Viva y la época actual. En la época anterior de Iglesia Viva había mucha cancha común entre la sociedad civil y la Iglesia. Por decirlo así, había un paradigma común de justicia, de igualdad y de pobreza. A todos, hasta a los políticos, interesaba aparecer como amigos de los pobres. Luego vino, en 1989, la caída del muro de Berlín. Luego el liberalismo económico, la globalización. En definitiva, la ética fue devorada por la política, la política fue devorada por la economía y la economía fue devorada por las leyes del mercado. Y todo esto a nivel global. Se ha producido un clima confuso.
Es verdad que estamos en una época vamos a llamarla posmoderna. En las décadas de los sesenta, hasta los primeros ochenta, la Iglesia del Concilio Vaticano II tenía en común con el mundo civil el paradigma de justicia, de igualdad y de solidaridad, mientras que ahora ve con admiración que todo este terreno común –esta cultura común– se ha esfumado. De aquella época del Concilio tenemos que guardar su espíritu: ofrecer la fe a la cultura más o menos “ilustrada”, pero ese espíritu lo guardaremos mirando hacia adelante, mirando con realismo ese zafarrancho actual. Hay que ser muy conscientes de que apenas hay una “preparatio evangelica” clara, una preparación centrada en la justicia. Esto que era común ¿como se podría recuperar, al menos análogamente? El liberalismo actual ha disuelto lo que quedaba de aspiración generalizada a una mayor justicia, aunque la gente te sigue diciendo que no está bien mantener en la miseria todo el continente africano y demás países empobrecidos. No podemos añorar lo que ya no existe, pero nos puede y nos debe mover ese espíritu de justicia y de paz “globalizadas”. La Iglesia no es la señora del mundo actual pero se siente llamada a ofrecer al mundo la religión del amor.
Es muy importante asumir la crisis con clarividencia, analizando las causas y extensión de esta crisis, que tiene como “antibiótico” lo que podríamos llamar la educación de la persona, para buscar respuestas de fondo y no querer poner remiendos de corto alcance en paño viejo. Ahí está mi esperanza de futuro y ahí veo el futuro de un grupo como Iglesia Viva.