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Para un balance del ejercicio del pontificado
en el interior de la Iglesia Católica
Por Joaquín Perea, Profesor de Teología en Bilbao y Presidente de "Iglesia Viva"
I. INTRODUCCIÓN
El papa Juan Pablo II en la encíclica Ut Unum Sint ha llamado al diálogo para encontrar “una forma de ejercicio del primado que [...] se abra a una nueva situación” (n. 95). Esto significa que, para él, la actual forma de ejercicio del primado no es totalmente adecuada a la presente situación. Ahora bien, si se quiere encontrar una nueva forma de ejercicio del primado, lógicamente no se puede dejar de enjuiciar de alguna manera el estado actual y, por tanto, señalar algunos rasgos específicos del modo de ejercicio del primado que no se consideran satisfactorios.
Si la Iglesia necesita reforma permanente (y el Papa lo reconoce en el número citado), necesita también crítica permanente. Reforma y crítica van de la mano. Cuando en el interior de la Iglesia hay oposición a cualquier reforma, entonces hay una oposición todavía mayor a la crítica. El periodista italiano Giancarlo Zizola cuenta que el Secretario de Estado vaticano Angelo Sodano pronunció esta frase: “Chi ama non critica” (Il Successore, Roma-Bari 1997, 122). Ésta es también la opinión de muchos católicos.
Pero la historia, maestra de la vida, enseña que ese rechazo visceral de todo juicio sobre el papado no siempre ha sido la posición prevalente. Sólo después de la Reforma y ante el miedo de provocar fuertes ataques contra la Iglesia, surgió el rechazo a toda crítica en el interior de la misma. En el siglo XIX se unió otro motivo militante a ese rechazo: la veneración al Papa. Todo ello ha creado una fuerte barrera psicológica que impide hablar críticamente de las estrategias, las actuaciones o las declaraciones del Papa. Muchos católicos tienen grandes escrúpulos de decir algo negativo acerca, por ejemplo, de las condenas a los teólogos, el nombramiento de obispos o el proceder de Roma con las conferencias episcopales, por miedo de chocar con el respeto debido al ministerio papal, cuando en realidad aquellas decisiones pertenecen al ámbito de la administración o la decisión política y no hay ningún motivo o argumento de fe o de razón que impida la diversidad de opiniones sobre tales temas.
A pesar de todo, la crítica es imprescindible en la Iglesia. Nadie puede pensar que todos los creyentes del mundo entero están de acuerdo con todas las medidas de carácter administrativo o político que toma el Papa. Si se pretende despertar la ilusión de unanimidad o incluso de consenso donde no existe tal y no puede existir, entonces se corre el peligro de mermar la autoridad moral y la credibilidad de la Iglesia. Por otra parte, sería una grave injusticia estigmatizar cualquier crítica o diversidad de opinión como falta de lealtad o de fe. Santo Tomás afirma que la corrección de un superior es un acto de amor al prójimo (S.T. II-II, 33, 4).
Se trata naturalmente de la crítica de un discípulo de Cristo en el interior de la Iglesia. Ha de ser conducida por el Espíritu Santo y, en consecuencia, tener en sí misma las características de toda acción del Espíritu: amor, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza (cf Ga 5, 22).
La crítica constructiva nace del deseo de mejorar a la Iglesia y de capacitarla para poder realizar más eficazmente su misión. Por el contrario, la crítica destructiva actúa a menudo dividiendo, es incontrolada, procede del pensamiento competitivo, es ciega para los grandes contextos y sin respeto para con la autoridad.
Cuando hablamos de la crítica en la Iglesia, se presupone un auténtico amor a la misma que se enraíza en una fe madura. Nuestra fe no es abstracta, una suerte de ideal platónico. Creemos en la Iglesia en su realidad concreta histórica, lo cual significa con sus debilidades y sus fortalezas, su dote divina y sus faltas humanas.
Por tanto, ni la Iglesia ni el Papa pueden ser ajenos a la reforma o a la crítica. La crítica en el interior de la Iglesia no está formalmente excluida, ni debe ser necesariamente una manifestación de deslealtad o de fe débil o defectuosa.
Con ese talante hemos escrito y deseamos que se lean las páginas que siguen.
II. ESQUEMA DEL CUERPO DEL ARTÍCULO
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La imagen pública de Juan Pablo II
Nuevos movimientos eclesiales, nueva evangelización
La enseñanza peculiar de Juan Pablo II
Análisis de situación: los signos de los tiempos
Restauracionismo doctrinal y rigidismo moral
Interpretación maximalista del valor del magisterio papal
a.Los orígenes
b. Las características
c. El diálogo necesario
La colegialidad episcopal
a. El Sínodo de los obispos
b. Las conferencias episcopales
c. Las Iglesias locales
d. Dos visiones de la estructura de la Iglesia
Ejercicio centralista del primado
a. Algunos elementos para el juicio
b. Causas del centralismo
c. Efectos del centralismo
III. CONCLUSIÓN
El análisis realizado en las páginas anteriores nos lleva al comienzo y a la petición hecha por el propio Juan Pablo II. ¿Es posible la reforma de este ministerio del sucesor de Pedro, que ya intentaron muchos padres y teólogos del Vaticano II, reforma a la que querían conectar con la tradición común de Oriente y Occidente durante el primer milenio?
Según la opinión preponderante tanto dentro como fuera de la Iglesia católica, la respuesta a la pregunta anterior es muy problemática porque la interpretación de esa tradición y el ejercicio de la función papal tiene lugar todavía en gran parte a la luz del Vaticano I y se han incorporado pocas de las intuiciones y de las propuestas del Vaticano II. Aunque ciertas preocupaciones de Roma, a las que nos hemos referido a lo largo de este trabajo, puedan ser comprendidas en razón de ciertas experiencias históricas, sin embargo, la concepción del Vaticano I sobre el primado romano y el instrumental jurídico que le corresponde –vigentes en el actual pontificado– se muestran cada vez más como inapropiadas para dar razón de la nueva situación de la Iglesia católica. No son pocos los que piensan que Juan Pablo II ha querido construir una Iglesia sólida en un mundo más humano, pero ha acabado por destruir muchas fuerzas vivas marcadas por una visión evangélica y profética.
Todo lo dicho no es óbice para que reconozcamos sinceramente la talla gigantesca de un testigo de la fe en Jesucristo que ha sellado con profundidad la vida y la historia de la Iglesia de este siglo.
BIBLIOGRAFÍA
Para la elaboración del presente trabajo nos hemos servido abundantemente de los títulos que señalamos a continuación.
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