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INDICE DEL NÚMERO 214

COMENTARIO AL AUTOR

Iglesia y Mundo
en el pontificado de Juan Pablo II

 

Por Antonio Duato, Teólogo y editor

 

I. INTRODUCCIÓN

Reflexionamos en este artículo sobre la manera cómo Juan Pablo II, en su largo pontificado, ha impulsado su proyecto de hacer presente a la Iglesia en el mundo actual.

Es indudable que su acción personal, como líder moral, con un mensaje dirigido a todas las personas y pueblos del mundo, ha conseguido unos resultados impresionantes, llegando a ser considerado universalmente como el personaje más presente en los medios, el referente ético más escuchado y el protagonista de algunos de los cambios históricos más importantes de los veinticinco últimos años.

Pero, por otra parte, me permitiré plantear algunos interrogantes sobre cómo se ha concebido y desarrollado este liderazgo, la relevancia real que hoy tiene la Iglesia en el mundo y los problemas que quedan pendientes. ¿Cómo se hacía presente la Iglesia al mundo antes y después de este largo pontificado? ¿Cómo era el mundo en 1978 y cómo es ahora?

Cada Papa, aunque guiado por la misma fe y sometido a condicionamientos similares por la propia estructura de la Iglesia y por la acción de sus predecesores, ejercita su ministerio –una potestad universal única en el mundo por la discrecionalidad personal más absoluta– según su propia personalidad, forjada día a día, a partir de la herencia biológica y cultural, por la acción y la reflexión de los acontecimientos, entornos y circunstancias vividas. El mismo Juan Pablo II ha reflexionado mucho sobre la experiencia de la vida, creando incluso un sistema filosófico que fundamenta en ella el ser persona y la moral humana. Él estaría de acuerdo, sin duda, en que, para analizar la manera cómo cada pontífice se sitúa y sitúa a la Iglesia frente al mundo, hay que tener en cuenta no sólo el hilo conductor de la fe común sino también los aspectos diferenciales de cómo esa fe es vivida en concreto por cada pontífice y cómo los acontecimientos y experiencias han plasmado el modo de entender su misión en la cumbre de la Iglesia.

Para analizar, pues, desde este punto de vista personalista y coyuntural los veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II en cuanto a las relaciones de la Iglesia católica con el mundo de hoy, hay que partir de lo que significaron en este campo los talantes personales de los predecesores, Juan XXIII y Pablo VI, con una referencia especial a la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, que constituye hasta el momento el programa oficial de actuación de la Iglesia en el mundo, elaborado por el Concilio Vaticano II.

 

II. ESQUEMA DEL CUERPO DEL ARTÍCULO

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I. LOS PAPAS DEL CONCILIO

II. LAS DUDAS DEL POSCONCILIO

III. UN PAPA PARA LA RESTAURACIÓN

 IV. UN PONTIFICADO PARA CAMBIAR EL MUNDO

 

III. CONCLUSIONES

 

Quisiera, al final de este largo recorrido que, sin embargo, se ha dejado tantos puntos por tratar, resumir mi pensamiento en unas conclusiones que presento con todas las reservas de provisionalidad y a título exclusivamente personal. Para ello seguiré el esquema de la Gaudium et Spes, que constituye el programa oficial de la Iglesia en su relación con el mundo y que en su segunda parte expone cinco problemas urgentes que el Concilio veía en el mundo de su tiempo y que, sin duda, siguen siendo grandes problema hoy.

· El análisis de la situación mundial que ha dominado en la Iglesia durante este pontificado ha sido fundamentalmente cultural: el abandono de la religión está en la base de los problemas. En la exposición preliminar de GS había más elementos de análisis crítico: “las nuevas condiciones ejercen su influencia sobre la vida religiosa” (nº 7), influencia que siempre es ambivalente, pues aunque parezca que los procesos de industrialización alejan las masas de Dios, también purifican “la concepción mágica del mundo… y exigen cada día más una adhesión verdaderamente personal”.

· En la doctrina general sobre la relación de la Iglesia con el mundo se ha insistido mucho más en la aportación que la Iglesia puede prestar al mundo (números 41-43) –hasta parecer que sólo la Iglesia lo puede salvar del desastre– que en la ayuda que, según GS, la iglesia recibe del mundo para adaptar mejor su estructura y su doctrina a los nuevos tiempos (nº 44). En los cónclaves del 78 la mayor parte de los electores creían que había que acabar con la autocrítica y las reformas sin fin. Y Juan Pablo II ha llevado al extremo esta orientación neoconservadora, pidiendo perdón al mundo sólo por cosas del pasado que no requieran un cambio actual.

· Respecto de la “protección de la dignidad del matrimonio y de la familia”, la iglesia ha endurecido la posición de entonces, que ya se había cerrado mucho durante el Concilio a la espera de la Humanae Vitae. Sin embargo cabe señalar que esta persistencia en la doctrina tradicional de la moral sexual y familiar no ha conseguido evitar que las sociedades más católicas, evolucionaran a la par del mundo a medida que progresaba el desarrollo económico. El divorcio y los medios de control de la natalidad se han institucionalizado y generalizado. Y el mensaje de fondo, dignificar el sexo y la familia, no ha llegado a la sociedad por esta cerrazón en normas intransigentes que sólo han aceptado los movimientos más conservadores y han distanciado a jóvenes y matrimonios en principio creyentes.

· En cuanto al “progreso de la cultura”, ha dominado en este pontificado la promoción de una cultura y una antropología básicamente confesional. La pureza y unidad de la fe han dominado sobre la inmersión y el diálogo intercultural. Aunque en celebraciones litúrgicas durante los viajes se hayan acogido danzas y folklore de otras etnias, se ha visto siempre con reservas la profunda inculturación que el Concilio proponía y en la que han trabajado seriamente muchas corrientes teológicas en diversos continentes que han sido desautorizadas sucesivamente.

· En la formulación de doctrina social y condena de los excesos capitalistas Juan Pablo II ha hecho aportaciones muy válidas, sobre todo en sus primeras encíclicas Laborem Exercens y Sollicitudo Rei Socialis. Los expertos comentan que este rechazo del capitalismo y defensa de los derechos de los trabajadores provenía de su época de Polonia y era más un análisis personalista que estructural. Por eso su crítica se ha ido haciendo cada vez más matizada a medida que le han ido convenciendo de que sin una completa revolución del sistema, que hoy sólo propugnan los añorantes del comunismo y los movimientos antiglobalización, el carácter capitalista es inherente al sistema económico. En este terreno, si se quiere obrar sólo desde arriba, a fuerza de proponer un modelo católico de ordenamiento económico y social, se acaba haciendo el juego a las fuerzas más conservadoras. Sólo dejando libertad a las comunidades cristianas locales para hacer sus análisis concretos (con el “ver, juzgar y actuar” que proponía la Mater et Magistra) puede la Iglesia obrar como verdadero fermento transformador de estructuras. Pero este aliento a tomar cada uno sus responsabilidades con su opción propia –presente en el Concilio–, no ha sido una de las características del pontificado.

· Sobre los problemas de la comunidad política y de la paz mundial (últimos dos capítulos de GS) hay que reconocer el tremendo impulso dado por el Papa para la instauración de la democracia y la promoción de la paz. Pero el papa Wojtyla, a pesar de su épico esfuerzo mantenido tenazmente hasta entregar la última gota de su vida, no deja un mundo mejor sino con más problemas. En el Este han recobrado la libertad muchos países, pero la falta de un equilibrio entre dos bloques ha dejado el mundo plenamente en manos del capitalismo occidental, cada vez más especulativo y colonizador. Y excusándose en los problemas de ingobernabilidad y de terrorismo, saltándose las estructuras de democracia y justicia internacional que se iban creando, la potencia hegemónica se ha proclamado a sí misma, con el apoyo de algunos acólitos, la única capaz de garantizar al mundo orden y seguridad. Es decir, se ha colocado la corona de emperador. Y espera que la más alta instancia religiosa le refrende, aunque sea con el silencio –tácita legitimación– o con algún gesto de benevolencia por su proclamación de fe cristiana y por un especial reconocimiento institucional de la Iglesia.

* * *

La preocupación mayor con que quisiera concluir este artículo es el de la creciente influencia que está teniendo la política neoconservadora en todo el mundo, en gran parte de la Iglesia y sobre todo en los principales movimientos con que el Papa cuenta para llevar adelante su proyecto de nueva evangelización. Este conservadurismo está configurando cada vez más la imagen de la iglesia en el mundo y, lo que sería más peligroso, atando cada vez más en ese sentido el futuro de la Iglesia. Los ocasos prolongados de los papas son peligrosos pues, junto al culto a la persona que se desarrolla en su entorno –recordamos las revelaciones privadas de Pío XII y la fama milagrera de sus solideos en su vejez– hay unos secretos movimientos por captar su confianza y condicionar sus decisiones.

El libro El coraje de ser católico  que acaba de publicar el ya citado biógrafo privilegiado de Juan Pablo II, George Weigel, sobre una reforma drásticamente restauradora de la Iglesia, dada su conexión declarada con la política más conservadora americana como con los movimientos que más arropan al Papa, puede ofrecer una clave de interpretación de lo que se está fraguando y de lo que puede pasar en la iglesia y en el mundo, si en su día el Espíritu Santo, la opinión pública, los cardenales electores… y los votantes americanos no dicen otra cosa.

 

COMENTARIO AL AUTOR

 

BIBLIOGRAFÍA

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              (2003), El coraje de ser católico, Barcelona, Planeta.

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