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ANTE la proliferación de publicaciones aparecidas apenas terminado el Concilio, resulta indispensable decir aquí por qué ha nacido y con qué propósitos esta nueva Revista. Hay unas convicciones, un poco lejanas si se quiere, que han influido deci­sivamente en su nacimiento y que seguirán caracterizando su existencia, la existencia larga o exigua que Dios quiera concederle.

Ante todo, esta Revista existe porque hay unos cuantos cristianos, sacerdotes y laicos, que consideran la vida de la Iglesia como tarea que hay que llevar adelante entre todos. Esta muchedumbre de creyentes convocada por el Padre, establecida por Cristo y empujada por el Espíritu Santo hacia la gran salvación final, tiene que ser continuamente confortada, sostenida, ayudada de mil maneras diferentes por todos los que la componen.

Por supuesto que la principal actividad es la de Dios, pero esta asistencia mi­sericordiosa del Padre que, en Cristo y por el Espíritu Santo, conduce nuestras vidas hacia su propia plenitud, no se abre camino normalmente en nuestra existencia sino empapada en una compleja fronda de ideas, sentimientos e impulsos que dependen en gran parte de nuestro medio vital, de las personas con quienes vivimos y que in­fluyen en nosotros.

Nuestra generación ha aprendido del Vaticano II algo muy importante que no debe olvidar jamás: el carácter dinámico y evolutivo del ser consciente de la Iglesia, espesor humano de nuestra vida cristiana. Los que habían imaginado una Iglesia del  todo hecha y perfecta, a medida de nuestra pereza, han sufrido una grave con­moción ante e fenómeno de un Concilio que ha hecho de la renovación y de la reforma de la Iglesia su principal tarea; un Concilio que escruta los «signos de los tiempos» como indicador de las actuales exigencias de Dios y de nuestras concretas responsabilidades.

Esta situación, que podríamos llamar la crisis conciliar de la Iglesia, tiene cutre nosotros una extensión y unas características muy particulares. Terminando el Concilio, cada porción de la Iglesia universal debe aplicarse generosamente a hacerlo carne en su vida. A todos nos van a hacer falta dosis enormes de entusiasmo y de humildad, de eficacia y de paciencia. Habrá que dejar a un lado las reacciones pará­sitas inspiradas en los nacionalismos, en las nostalgias, en las preferencias personales y colectivas; todo aquello que no esté verdaderamente inspirado en el Espíritu Santo, en un ascético deseo de servir a la vida presente y futura de la Iglesia. Semejante tarea no se cumplirá sin una esforzada clarificación de las inteligencias y sin una dolorosa purificación de los corazones.

Pero lo más importante es que cada uno atinemos a realizar nuestra propia tarea sin perdernos en polémicas inútiles y en infantiles rivalidades con los demás grupos de la Iglesia.

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Y  si volvemos los ojos a nuestra tarea de católicos españoles, ¿cómo no reconocer que va a ser indispensable antes que nada un enorme esfuerzo de renovación inte­lectual? El Concilio no ha nacido de la nada. Largos años de estudios bíblicos y patrísticos, de difíciles contactos con los pensadores contemporáneos profundamente alejados del cristianismo han hecho posibles, y necesarios, los riquísimos textos con­ciliares re60santes de sabiduría y de prudencia.

Debemos reconocer honestamente que todos estos movimientos, que están a la base del Concilio, no habían penetrado entre nosotros con suficiente profundidad y extensión como para hacer posible una evolución espontánea y tranquila. El edificio teológico y pastoral de una gran parte de nuestro clero y de nuestros fieles había ya cubierto aguas bastante antes de que los movimientos bíblico, litúrgico, etc., tu­vieran una consistencia seria entre nosotros. La diferente reacción ante las cosas del Concilio marca muy bien la zona de penetración de esta nueva mentalidad.

Si a esto se añade un modo de vida fuertemente retraído de todo lo que no eclesiástico, reforzado con unos mecanismos de recelo y de defensa que la historia se ha encargado de desarrollar, tendremos uno de los cabos más importantes para explicarnos lo difícil que va a ser para nuestro catolicismo español asimilar a fondo la mentalidad y el espíritu del Vaticano II.

Sin embargo ahí están los textos conciliares, sus criterios, sus exhortaciones, esperando la generosa respuesta de nuestra ardiente devoción católica. Si el recuerdo de los contrastes y de las discusiones pasadas puede ilustrarnos acerca del sentido exacto de unos textos, ya va siendo hora de olvidar un poco las tendencias y las ten­siones episcopales para volcar todo nuestro entusiasmo en la realización de unas en­señanzas y recomendaciones que tienen un valor muy distinto del que le pudieran dar sus iniciales mantenedores en el Aula Conciliar. Bien está que extrememos las cautelas para evitar equivocaciones y desviamientos, pero una actitud recelosa y reservona respecto de lo que son verdaderos caminos de renovación abiertos y recomendados por cl Concilio serían del todo opuestos a nuestra mejor tradición de un catolicismo em­prendedor y ecuménico.

El Papa Pablo, cayo magisterio ha penetrado ya tan profundamente en nuestras conciencias, ha dicho recientemente que el in del Concilio tiene que ser el principio de muchas cosas. Entre nosotros debe ser el principio de una amplia y profunda re­novación teológica, desde la alta cátedra de nuestras universidades hasta el sencillo adoctrinamiento de la homilía y de la catequesis.  Y debe ser el principio de una sose­gada y honesta revisión de nuestros moldes católicos.

Hay muchas preguntas que inquietan hoy las conciencias de los cristianos es­pañoles: ¿Dónde empieza y dónde acaba de verdad la Iglesia en España? ,Cuáles son sus fuerzas reales, las fuerzas de la convicción y del espíritu? ¿Cómo vamos a hacer frente al lastre de ignorancia, de recelo, de inconsecuencia moral que grava y atomiza en tantas partes el verdadero desarrollo de la Iglesia? ¿Cuál será el modo correcto y oportuno de participar en la vida social sin ceder en nada a la doctrina católica proclamada por el Concilio, pero sin arrogarnos tampoco privilegios que no nos pertenecen, sin humillar ni herir a los españoles que no sienten como nosotros? ¿Dónde está la postura exacta para robustecer la presencia santificadora de Cristo y de la Iglesia en la sociedad, sin entrometernos en el juego de la política, sin sos­tener ni atacar ningún sistema político o administrativo?

No nos es fácil a los celtíberos dialogar serenamente sobre las cosas que nos afectan de verdad. Pero habrá que irse acostumbrando a ello. En el plano estric­tamente religioso y eclesiástico, «IGLESIA VIVA» quiere contribuir a difundir entre nosotros la costumbre de pensar con serenidad y con rigor nuestros modos concre­to de vivir el cristianismo, revisarlos, examinarlos por dentro y por fuera, para que el pensamiento cumpla su misión suprema de iluminar y aclarar la vida. Hoy la Teología no se resigna a vivir en los salones de esgrima intelectual. Quiere ser una función de la Iglesia. Porque es su deber. Contribuir al enriquecimiento de la fe, iluminar los modos de vivirla, descubrir las corruptelas naturalistas que se filtran sin cesar en la fe y en las costumbres.

Para cooperar a esta apasionante tarea de renovar nuestra mentalidad teológica, difundir los puntos de vista conciliares, descubrir sus orígenes y desarrollar sus con­secuencias, para iluminar con los criterios conciliares la vida y los caminos de la Iglesia entre nosotros, viene a la vida esta Revista.

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A estas horas el esfuerzo de renovación ha descubierto sus tres dimensiones fundamentales: incorporar a la vida de la Iglesia los más sólidos resultados de los afanes desplegados en el conocimiento de las fuentes cristianas; los movimientos bíblico y patrístico han proporcionado los verdades puntos de partida para todo el trabajo conciliar, con ellos la Iglesia ha buscado una comprensión más profunda de su propia misterio;

además la Iglesia ha querido entablar a fondo un diálogo fraternal con el mundo circundante, así quiere llegar a un mayor conocimiento mutuo y  a un mutuo respeto que considera como clima indispensable para poder ejercer fructuosamente su misión salvadora con los hombres de hoy;

la tercera dimensión del esfuerzo conciliar se refiere a la renovación de la Iglesia misma en sus elementos internos y externos, individuales y colectivos, administrativos y espirituales. Esta reforma interior es el resultado de su mejor conocimiento y el me­dio indispensable para desempeñar más fructuosamente su misión fundamental de anunciar el Evangelio y mostrar los caminos de la salvación a todos los hombres de buena voluntad.

De acuerdo con esta complejidad de la empresa conciliar, nuestro trabajo tiene que atender también a estos tres campos. Hace falta primeramente difundir y ampliar lo que podríamos llamar mentalidad teológica conciliar. Y conviene hacerlo cuidando de empalmar con nuestra robusta tradición teológica, con la formación concreta de nuestros sacerdotes y nuestros cristianos. Conviene también entrar a fondo en la com­prensión de los movimientos intelectuales y sociales de nuestro tiempo, los que están desarrollándose fuera de España y los que existen dentro de nuestras fronteras sin haber sido quizá tenidos en cuenta con la seriedad y el respeto que merecen. No podemos vivir como si no existiera todo un mundo de pensamiento y de aspiraciones sociales al margen de lo que ha sido hasta ahora nuestro patrimonio. Hay que dialogar, cono­cerse y transmitirse mutuamente lo que cada uno tenga de positivo y valioso. Por último, hay que tener la humildad y el valor de emprender decididamente la renovación de todo lo que en nuestra vida cristiana personal o colectiva esté gastado, empobrecido debilitado por el mundanismo, por la rutina.

Aunque es claro que las decisiones concretas han de reservarse a los Pastores, no lo es menos que resulta indispensable una labor de estudio y de enjuiciamiento. Es preciso conocer lo más exactamente posible el pulso y las características concretas del vivir cotidiano de nuestros cristianos, de nuestras parroquias, de la Iglesia de España entera. Descubrir con objetividad y con amor sus valores y sus deficiencias, iluminarlo todo con las enseñanzas y las exportaciones del Concilio, proponer remedios formular metas posibles y deseables.

Pensamos que la teología, la enseñanza de la Iglesia, no debe concebirse como un deporte intelectual que se recrea en las deGniciones y en la dialéctica, sino que tiene la misión gravísima de aclarar el contenido de la fe y las exigencias de la caridad en unas circunstancias concretas, siempre cambiantes, que piden la atención y el esfuerzo constante. Con esta concepción religiosa y responsable del saber queremos estar modestamente presentes a la hora critica de realizar el Concilio en esta porción de la Iglesia universal que somos los católicos españoles. Para este trabajo convocamos a los pastores, doctores y simples cristianos militantes de la acción y del pensa­miento que quieran trabajador con nosotros. «IGLESIA VIVA» nace ya como punto de convergencia del trabajo y los anhelos de varios grupos de profesores, clérigos y laicos, pero tiene la esperanza de servir de cauce a muchos más y multiplicar el fruto de sus esfuerzos en esta fuerte tierra española.

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En cuanto a las características materiales de la Revista, he aquí lo más  in­teresante:

Por ahora se publicarán seis cuadernos anuales más un volumen monográfico sobre algún tema especialmente interesante. Cada número, con casi un centenar de páginas, llevará a los lectores tres artículos doctrinales. Queremos que sean magistrales pero no eruditos, originales y sugerentes más que científicos y exhaustivos. Con ellos irá un boletín bibliográfico en el que un especialista exponga en ceda número la situación actual de un tema concreto y oriente a los lectores del modo más práctico posible acerca de los pocos libros o artículos indispensables para informarse sobre el tema. Nos gustaría poder proporcionar con estos boletines una guía práctica para el estudio personal o en equipo, preparación de cursillos, confección de bibliotecas, etc.

Uno o dos comentarios breves completarán el material de cada cuaderno. En ellos se tratarán levemente temas ocasionales, sucesos, discursos, que tengan un es­pecial valor aleccionador. Al final de todos los números se hará la presentación amplia de dos o tres obras recientemente pu61icadas que tengan un verdadero valor dentro de nuestro propósito. No haremos comentario más que de muy pocas obras, de las verdaderamente interesantes y singulares. Preferimos reducirnos en la extensión y poder ofrecer un comentario que sea una verdadera introducción teórica y práctica a la lectura de la obra. Creemos que así hacemos un servicio más útil y más serio.

Por supuesto que aceptaremos la colaboración de todos los que se animen a enviarla con tal de que encaje dentro del espíritu y de las intenciones de nuestra Revista.

Al terminar esta presentación, se me ocurren las humildes y sinceras palabras de San Agustín después de haber anunciado a los fieles de Hipona sus propósitos de vida en común: «Esto es lo que queremos; orad para que lo consigamos».